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Los laureles reales


                               de Cuernavaca


I
¡Qué lluvia de saetas! Certera, en cada copa
de laurel, incesante, la campiña las clava.
¿O es fugitivo ejército que cede ante la tropa
de la noche que llega, más compacta y más brava?


II

Ya está el árbol repleto. Mas no es son de aleluya
su canto: es de tumulto, de pasión, de congoja.
Vino volando un pájaro, se encontró sin su hoja.
Todos protestan; nadie quiere dejar la suya.


III

Huyen las aves. La espantada brusca
¿no arrastrará las hojas del árbol en su huida?
No es nada. El gavilán del municipio busca
su regalo, su diezmo, su mordida.


IV

Cuchicheo, aleteo. Apenas habla
la copa, ya sin ruido ni querella.
Sólo un pío el coloquio tímidamente entabla
con la primera estrella.


V

No le asignéis un nombre cabalístico.
Lleno de aves y mudo se levanta.
Ya no es el árbol mágico que canta.
Es, trémulo y callado, el árbol místico.


VI

¡El día! Con sus himnos la orquesta le saluda.
Luego en rápidos grupos se desbanda.
Fue la noche magnífica. Sin duda
van al campo a ejercer la propaganda.



De: Epigramas americanos



ENRIQUE DÍEZ-CANEDO




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