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Blanca Orozco de Mateos

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En la imponente nave... (Rima LXXVI)
de Gustavo Adolfo Bcquer

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Gustavo Adolfo Bquer. Rimas y leyendas

    
    Editora del fonograma:
    Yoyo USA

por Favio Camero    
  


En la imponente nave... (Rima LXXVI)


En la imponente nave
del templo bizantino,
vi la gtica tumba, a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.

Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna, del cincel prodigio.

Del cuerpo abandonado
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera,
se plegaba su lecho de granito.

De la postrer sonrisa,
el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda,
del sol que muere, el rayo fugitivo.

Del cabezal de piedra,
sentado en el filo,
dos ngeles, el dedo sobre el labio,
imponan silencio en el recinto.

No pareca muerta;
de los arcos macizos
pareca dormir en la penumbra,
y que en sueos vea el paraso.

Me acerqu de la nave
al ngulo sombro,
como quien llega con callada planta
junto a la cuna donde duerme un nio.

La contempl un momento.
Y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofreca,
prximo al muro, otro lugar vaco,

en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte,
para la que un instante son los siglos...

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Cansado del combate
en que luchando vivo,
alguna vez recuerdo con envidia
aquel rincn oscuro y escondido.

De aquella muda y plida
mujer me acuerdo y digo:
Oh, qu amor tan callado el de la muerte!
Qu sueo el del sepulcro tan tranquilo!



De: Rimas, leyendas y narraciones
En la imponente nave
del templo bizantino,
vi la gtica tumba, a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.

Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna, del cincel prodigio.

Del cuerpo abandonado
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera,
se plegaba su lecho de granito.

De la postrer sonrisa,
el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda,
del sol que muere, el rayo fugitivo.

Del cabezal de piedra,
sentado en el filo,
dos ngeles, el dedo sobre el labio,
imponan silencio en el recinto.

No pareca muerta;
de los arcos macizos
pareca dormir en la penumbra,
y que en sueos vea el paraso.

Me acerqu de la nave
al ngulo sombro,
como quien llega con callada planta
junto a la cuna donde duerme un nio.

La contempl un momento.
Y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofreca,
prximo al muro, otro lugar vaco,

en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte,
para la que un instante son los siglos...

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Cansado del combate
en que luchando vivo,
alguna vez recuerdo con envidia
aquel rincn oscuro y escondido.

De aquella muda y plida
mujer me acuerdo y digo:
Oh, qu amor tan callado el de la muerte!
Qu sueo el del sepulcro tan tranquilo!



De: Rimas, leyendas y narraciones



GUSTAVO ADOLFO BCQUER


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