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Intento, sin compañía, de rehabilitar una ciudad


Pienso en la solución confusa de este cielo,
la lluvia casi a punto en la mirada
débil que las muchachas me dirigen
acelerando el paso, solitarias,
en medio del acento que se escapa
como un gato pacífico
de las conversaciones.
Y también pienso en ti. Es la exigencia
de cruzar esta plaza, la tarde, Buenos Aires
con nubes y mil cables en el cielo,
cinco años después
de que lo conociéramos nosotros.

Los que vienen de fuera siguen viendo
ese resumen ancho de todas las ciudades,
ríos que de tan grandes
ya no esperan el mar para sentir la muerte,
cafés que han encerrado
la imitación nostálgica del mundo,
con mesas de billar y habitantes que viven
hablando de sus pérdidas en alto.

Mientras corre la gente a refugiarse
de la lluvia, empujándome,
pienso, desorientado,
en el dolor de este país incomprensible
y recuerdo la nube
de tus preguntas y tus profecías,
selladas con un beso,
en la Plaza de Mayo,
camino del hotel.

Testigos invisibles para un sueño,
hicimos la promesa
de regresar al cabo de los años.
Parecías entonces
eterna y escogida,
como cualquier destino inevitable,
y apuntabas el número de nuestra habitación.
Ahora,
cuando pido la llave de la mía
y el alga de la luz en el vestíbulo
es lluvia rencorosa,
vivo confusamente el desembarco
de la melancolía,
mitad por ti, mitad porque es el tiempo
agua que nos fabrica y nos deshace.




De: Las flores del frío



LUIS GARCÍA MONTERO






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