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Ragtime
de Jos Carlos Becerra

palabra virtual


Jos Carlos Becerra

    
    Editora del fonograma:
    Voz Viva de Mxico. UNAM

por Julio Trujillo    
  


Ragtime


A Hctor Ral Valero


Hablar, tal vez hablar en los devoramientos del alba, en las cenizas fras, en las constancias que no habr de leer nadie;
hablar en el mismo espacio de una voz que no lleg hasta estas palabras, que se perdi en el ruido de una frase como sta;
hablar donde respira aquello que ocultamos,
crmenes que cometieron por nosotros los hombres de otra historia, la otra de nosotros mismos.

No usurpa la madrugada aquel que roe su amor,
aquel que conoce de cercas la risa de la hiena, la cama sin orillas del moribundo,
la ratonera donde los aspirantes a reyes colocan su angustia como un pedazo de queso. He aqu mi parte en este festn de polvo,
en esta llamarada donde me quemo los dedos al escribir dudando de lo que digo, temblando por no hundirme en el sopor de ciertas palabras que me llegan al cuello.

He aqu mi parte, he aqu mi parte en este esfuerzo por destetarnos de la muerte,
por bebernos el agua de otras circunstancias, de otra historia donde la ociosidad es bien intencionada.
He aqu mi parte, ahora que la ciudad comienza a hacer hablar sus vertederos,
en mi alma se ha echado un animal tranquilo y melanclico.

Contadme un poco de m: quiero aprender a hablar de ustedes.
Cada palabra que llega a mis labios le abre la puerta a una frase cubierta de polvo,
un mensajero que sin limpiarse de las botas el lodo del camino, entra y se sienta a mirarme;
cada palabra que llega a mis labios me trae un oscuro mensaje
de aquella, la Palabra desconocida y presentida, que yo sigo esperando.

Y ahora lo que digo me lleva en sus aguas, me hace girar levemente en un pequeo remolino,
el ritmo del azar solventa mis labios, los sonidos empequeecen all donde habrn de ponerse de pie,
las apariciones atraviesan el patio en silencio.
Pero, qu clase de espuma vela sobre mi rostro?
Pero, que clase de espuma vela delicadamente mis argumentos?
Qu clase de arcilla pesa sobre mi lengua como una historia
muerta en el umbral de su propio veredicto?

El camino de los ros es esta manera de mirarnos,
de sujetarnos por un momento en los rostros, en el amor, en los nombres,
con manos menos hondas que el ocano.
Y sin embargo, de alguna manera, todos los sabamos;
el mar abre sus ventanas para que los ahogados se asomen a vernos,
y hay tantas caras que nos parecen conocidas agolpndose en los marcos,
luchando por mirarnos, por respirar un poco hacia nosotros,
que la invencin de la noche ya no est en las manos de los dioses,
sino en las manos unidas de los vivos y los muertos.

Y ya nuestros fantasmas se sientan en los amplios salones del otoo a esperarnos,
la noche iza sus velas, y en el puente de mando un extranjero
pervierte y hace rer a nuestras madres, a nuestras esposas y a nuestras doncellas.

La sangre huele a la sangre y el viento no pasa dos veces por el mismo rbol,
la ciudad florece en sus luces como la herida de un nio,
la ceniza del pantano es oro puro.

Y el traspi de un borracho en la calle silenciosa y oscura, parte en dos la memoria del escriba;
la mano vacila a la luz de esa sangre seca, la exclamacin se disuelve en sus puntos suspensivos,
oscurecen las cosas nombradas y all mismo la frase rompe sus lazos con lo que solamente basta al lenguaje;
ese traspi parte en dos la cancin de la mujer que peina su alma antes de entrar al lecho solitario,
y parte tambin el tiempo de la noche como el vaso que cae de la mano de algn nio asustado.

Parte en dos la ciudad, parte en dos la frente donde el recuerdo y el acto se alternan brevemente,
parte en dos la palabra, y as dividida se refleja en s misma,
parte en dos el esfuerzo de los amantes por tocarse, por alcanzarse, y en esta interrupcin tal vez se encuentren.
Parte en dos lo que estaba partido, lo que no poda tocarse porque habamos olvidado su nombre, su devocin a s mismo;
parte en dos la ciudad, parte en dos el traspi de otro borracho en otra calle silenciosa y oscura,
y un tranva, con todas las luces encendidas, se detiene vaco junto a nosotros en la esquina,
y con seas que bien comprendemos, el conductor nos exige que le entreguemos nuestros muertos, ya que slo l habr de conducirlos.

Pero hay algo sin embargo en el lodo y en la mirada de aquel que tortura su lengua describiendo la muerte,
hay algo sin embargo en el lodo y en la palabra de aquel que ha escuchado el portazo del vaco,
hay algo dulce y obstinado en las oscuras manchas de sal que el amanecer deja en los rostros de los recin llegados a los puertos,
hay algo en el alcanfor donde la ropa vieja se pudre invisiblemente,
sin ostentaciones orgnicas, sin combates sangrientos;
hay algo que sobrepasa al recuerdo, hay algo que llega frente a nosotros.
No importa si las lgrimas ensean sus dientes menudos, esa dbil mordida en las mejillas es como una palmada en el alma;
as bajamos el rostro, nos gustara detenernos, bajamos la voz por un pozo vaco,
y hay un parpadeo de ciudades, un movimiento de vsceras en la energa de aquellos que despiertan sin descifrar sus sueos.

La noche va arrojando sus coronas al mar,
y la ciudad, apoyada en sus muros, sentada en el polvo,
le dictar al escriba y el traspi de un borracho en una calle silenciosa y oscura
partir en dos su frase.

Ahora escuchen el paso de las ratas por las leyes,
escuchen el paso de las ratas por los estantes de libros, por las firmas de los gobernantes,
y escuchen tambin el viaje de los dormidos por sus aguas perdidas.

Maana dir la palabra que amanece al da siguiente
flotando en los estanques.
Maana dir la palabra que lucha
en el festn de los animales de invierno.



De: Relacin de los hechos



JOS CARLOS BECERRA


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