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La clase



    Como un niño que en la tarde brumosa va diciendo su
        lección y se duerme.
Y allí sobre el magno pupitre está el mudo profesor que
        no escucha.
Y ha entrado en la última hora un vapor leve, porfiado,
pronto espesísimo, y ha ido envolviéndolos a todos.
Todos blandos, tranquilos, serenados, suspiradores,
ah, cuán verdaderamente reconocibles.
Por la mañana han jugado,
han quebrado, proyectado sus límites, sus ángulos, sus
        risas, sus imprecaciones, quizá sus lloros.
Y ahora una brisa inoíble, una bruma, un silencio, casi
        un beso, los une,
los borra, los acaricia, suavísimamente los recompone.
Ahora son como son. Ahora puede reconocérseles.
Y todos en la clase se han ido adurmiendo.
Y se alza la voz todavía, porque la clase dormida se so-
        brevive.
Una borrosa voz sin destino, que se oye y que no se su-
        piera ya de quién fuese.
    Y existe la bruma dulce, casi olorosa, embriagante,
y todos tienen su cabeza sobre la blanda nube que los en-
        vuelve.
Y quizá un niño medio se despierta y entreabre los ojos,
y mira y ve también el alto pupitre desdibujado
y sobre él el bulto grueso, casi de trapo, dormido, caído,
del abolido profesor que allí sueña.









De Historia del corazón
Biblioteca de Premios Nobel
Antología Poética
Alianza Editorial, S. A. Madrid 1977

VICENTE ALEIXANDRE

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