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Ante un espejo

A Sonia Rivera Valdés

Si decidieras irte de la ciudad,
de tu ciudad,
en busca de nuevos horizontes,
de fortuna
o tal vez de una pasión sin precedentes,
la ciudad, esta ciudad,
aún inconciente de sus ruinas,
emprenderá tu acecho
siguiéndote los pasos.
Alguna tarde cálida
(tú sobre los puentes
de algún río caudaloso pero ajeno)
nuestra ciudad sepultará,
bajo un aroma extraño,
los años transcurridos
antes y después de Cristo.
No hay otro país, ni otra ciudad posibles.
Cuando haya amanecer, no habrá crepúsculo.
Si los parques florecen
cundidos de tulipanes firmes,
entonces el bulevar trae los olores
de tus seres queridos
y, sobre todo, de tus muertos.

Si decidieras irte,
el puerto y las bahías
y los Jardines de la Reina
te escoltarán con sus vapores.
Recorrerás los mismos pasadizos,
los barrios arcaicos del estruendo
con las indolencias de sus bares;
no valdrán un solo verso de Blaise Cendrars
y hasta los mismos cuartos de tu casa sellada
te cercarán con la angustiosa cadencia del engaño.
A donde quiera que te muevas
escucharás el mismo pregón de la mañana;
te llevará el mismo barco andando por la misma ruta
de los perennes emigrantes.
Nada podrá depositarte en ningún sitio.
Aunque hayas monteado el mundo entero,
de castillo en castillo,
de mercado en mercado,
ésta será la ciudad de todos tus fantasmas.
Habrás desgastado tu vida un poco inútilmente
y cuando ya estés vieja,
ante un espejo como el de Cenicienta
sonreirás algo triste
y en tus pupilas secas
habrá dos rocas fieles
y una esquina sonora de tu ciudad.

NANCY MOREJÓN

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