I can sing of myself a true song, of my voyages telling
"The Seafarer"
Life is an affair of people, not of places.
But for me, life is an affair of places
and that is the trouble
Wallace Stevens
Pens que si no volva a escuchar el chirrido de los
carros sobre las piedras de Fleet Street, no escribira
jams otro verso
Virginia Woolf
Otro esplendor hubiera sido la historia
de un naufragio. Su Robinson narrar
en femenino sin dar el brazo a torcer
ni simular que Wellfleet o New London
indiferentes fragmentos de natura
le son. Pero aquella que inglesa
intensidad los faros de Islandia
iluminan, natural tendencia a
reducir experiencia a nota trgica
no puede dominar. Prefiere anclar
en rumias. En una lnea de vocales
claras que a su mentor temprano
pudieran devolverla, a decisin
de Usa, al happy end
de lo archi conocido.
La juventud es una zona de catstrofes. La haban vivido en otro lado.
Al evocarse, se recordaban vehementes, pero no efusivos. Instalados
en un punto de quiebre, un nudo de instintos contrapuestos. Puro
desorden. Afectos altaneros y conatos. Unas ganas de todo. Cierta
incapacidad del corazn, enseorendose. Se vean all desfigurados.
Embebidos en una imagen forzada de s mismos, como quien teme
verse desbordado por lo que desea ser. El embate inicial del odio a
los intrusos no ha ocurrido ni la pobreza de implorar la tolerancia
o darla. Ni el gusto por lo turbio. Ni el recurso triste de preparar la
alegra. Todo es an desastre en ciernes, esperanza. Mal digerido de
golpe, lealtad y amor propio con el mundo y disposicin a sufrir, sin
alivios. La haban vivido en otro lado. Cuando el futuro era excesivo,
el pasado inocente, tanto que pareca mltiple...
Cada vez que emprenden su delirio central, un temporal se cierne, el
viento ruge. Van y vienen despeinados, el corazn tirante, los arreos.
Se suben a los barcos. Bajan. Meten los remos dentro, el timn a
estribor, cadenas, cordajes. Gritan. Calculan los confines del rtico,
las gaviotas varadas, posibles escollos, el perfil de las costas, el des-
plazamiento de las ballenas. A veces, hasta circunnavegan la isla.
Tienen miedo de mirar el mar las astas furiosas, revueltas por
miedo de verse la emocin. No quisieran alejarse demasiado, no ms
all del cabo. (La tragedia es indulgente de s misma.) Se limitan a
adivinarse en el alba, en la bruma, en la locura, el extravo.
A mantener pura su obsesin. Cuando todo haya acabado, se enterrarn
con los barcos...
Errtica, en su cansada bsqueda
de clebre, su moderada musa o
desesperacin pequea no la cunde.
La afilia solamente a la artimaa.
A las maanas de un excesivo
siglo y la deslumbra. En versos,
romanceril juglara, de su fe
de ros circundantes no da cuenta
sino apenas de la patria ingrata
en aventura dentro de s.
Pavimentos y maltrechos crteres
de alma que, en trechos de Islandia
a Islandia, puertos indeseados
y extravo han de medir. Habr que
deducir cuantas de lo que no
se ve por exceso. De asfixias,
lo que le nutriera el habla.
De la distancia, el tiempo.
Como un tributo a Bragi el Viejo o a Eirik el Elocuente, un poco
separados del resto, en esa hora temprana de la noche en que el
milagro y la impostura an no son ms que riesgos, las escaldas
escriben. Se avienen, como quien dice, a sus aristas torpes, agudas y
por eso se consuelan (a veces) de no congeniar con otros. Escriben
con cierta majestad, lentitud. Como desentumecerse, como una forma
sofisticada del escepticismo. Aferrados al pavor, a ese lugar que odian
como a un engao y que es el pliego en blanco. En las rapsodias que
urden hay bramidos y columnas de humo y lidias de caballos sobre
la arena blanca y fra y el sudor de la muerte y nubes enfrentadas en
estupor letrgico. Hay mujeres, cadenciosas, aclarndose los cabellos.
Hay, incluso, el elogio de s mismos, de su poesa de batallas. Ah, pero
el botn de Odin (el invierno misterioso) est ausente...
Algunos poetas de Islandia:
1) Gunnlaug, el del Manto Escarlata, que combati todo el da pero
el atardecer volvi a las naves y a los pergaminos (para que la man-
sedumbre no se le asentara en el pecho).
2) Ottar el Negro, l mismo tan ilusorio, consigui que la tensin est
en lo que escribe (no en l). Se le conoce un solo libro, difcil, obsesivo:
alto teatro. Algunos crticos lo achacaron a su juventud, su crueldad.
3) Bjrn el Ciego, rara avis, tan poco dado a las correras blicas,
se deca flechado por la belleza de las doncellas: fue misgino.
4) Egil Skallagrimsson, Hurfano de Hijo, marino intrpido, un poco
mago, bebedor. Enemigo acrrimo del rey de Noruega. Escribi cantos
impresionantes y un himno fnebre "La prdida irreparable de los
hijos". Por fin, se abandon a la tristeza, no conoci pasin ms
tranquila.
5) Eyvind, Despojar de Escaldas, combinaba dos excesos, la ambicin
y la modestia (esta ltima para aumentar su reputacin). Se le cono-
cen rimas tan hbiles como insultantes. Sus bigrafos lo tildaron de
incierto y reservn. Un cretino.
6) Gudmund, el Querido, sometido a este mundo huidizo. Estaba tan
cansado de escribir, nada lo compensaba de s mismo.
7) Snorri, el Jurista, hizo de la traicin una alegra y una astucia y
celebr su flaqueza en un poema y sta fue otra de sus violencias.
Sigue una larga lista de escribas, hombres de fe, que guardaron la
memoria de muchas victorias y tal vez de una derrota, irreparable.
Que copiaron en cantilenas picas, alabanzas, encantaciones y poe-
mas genealgicos la abnegacin de otros textos. Que, siendo sensibles
a la atraccin de lo invisible, no tuvieron a mal ser visibles slo un
momento...
Leyes del laurel e insomnio llegarn
en mudanza o virelai para alguien,
en proezas de alto rango, prefiriera
vivir que no en endechas ni en prolija
puesta de sol. Pero Hablar Dulce,
Dulce Mirada intil portadora
de arcos y de flechas atravesando
un lais d′amour, no llegar. Ni impensadas
cruzas con la palabra rosa, salvo
en soneto corts. Tan fermosa moa
habr aprendido tarde la leccin:
que cordura no fue aqulla de insistir
en islas de arte mayor.
Cuando todava son jvenes (cuando los atora el coraje y, tambin,
la indolencia), las escaldas confan en el azar: se entregan a sueos
donde los pjaros tienen la forma de letras y un canto amarillo y
elocuente. Pero esta etapa dura poco. Cada vez el extravo es ms
fuerte, ms dbil la esperanza de que pueda redundar en un ncleo
de belleza, ms turbia la relacin entre una tragedia privada y el
pasado de otros. Entonces los hipnotiza una rabia, los envenena. Les
parece que mintieron, que fueron slo virtuosos, que no han podido
bautizar su enfermedad, el tono peculiar de su silencio. Se han vuelto
maduros, vulnerables. Poco les queda. Envalentonarse en la carencia.
Descubrirse, gracias a la tcnica, en sus propios disfraces. Aceptar
que el mundo que surge cuando escriben es pstumo, una fusin (un
incesto), una forma vieja del deseo o de la pica.
Algunas cizaas que, protegidos por el anonimato (o para confundir),
urden los bardos:
1) Una serpiente se dormir en el hiato del mundo. Las proas abrazarn
las bocas del fiordo. Habr un reguero de estandartes y una pared de
escudos vivientes. El hierro proveer la carroa. Pregunta: Quin
dijo que era un deber hacerse amar?
2) La que buye es la isla (desconfen!); el enemigo est adentro.
3) Somos la perpetuacin de un paisaje ralo. Algo se ensaya en nues-
tros gestos para una ausencia final. El corazn mide las distancias.
Las armas brillarn como un campo de hielo roto.
4) En un poema blico, el aniquilamiento y la embriaguez son de
ustedes. La osamenta para el alma, nuestra.
5) No sufran, se los conocer por los fracasos.
6) En las periferias del tiempo, como una primera sensacin de patria,
ausentarse.
De su caterva, del ejercicio de su lima,
tanteos meritorios dirn, y tal elogio
a maravilla ha de cuadrarle a quien,
sin gran vergenza, por regiones de s
ha organizado un tour. Prtico en su isla,
paredn y despus: miniaturas de urgencias
noticias. En consonancia toda
con el ureo siglo que le toc
vivir, brilla como slo brilla una
ruina. Nadie sabe, hlas, quin har
su defensin despus de asa/ travesa,
qu divisoria hallar entre fingidas
islas y ciertas, qu duelo a contraluz.
Habr que esperar quien le glose
el laberinto? Quin sus folios numere
y a su favor alegue en hojas roman?
Es una suerte que, de viejos, conserven el sentido de la inmunidad de
un artista pues casi todo en ellos es errtico, hasta el hbito desafor-
tunado de la pena. An aprecian en otros la belleza realzada por el
sufrimiento y pueden detectar los cuerpos que delatan un conflicto
interno pero no se engaan con el espejismo. Saben que al juzgar
cualquier mirada, emocin o persona acuan distancias entre ellos y
la realidad: la inteligencia puede ser, tambin, un estorbo. En el fondo,
guardan poco de su extremismo, apenas la intuicin de que el sentido
comn es una reduccin de la vida. Todo lo dems lo han perdido:
hasta su narcisismo, su gusto por las crnicas de momentos vacos, la
tentacin de lo heroico. Ya no creen que recluirse en la escritura es
una forma de conspirar. Que el escalpelo del dolor sea til, que exista
algo parecido a la fecundidad. Son apenas una cara que pasa, una
inercia lacerada por cierta gratitud, como un epgono que peregrina
hacia la tumba de su patria. La poesa no se recibe sin costos.
Este iris de su carnaval, drama
de formas, ste a diestra y siniestra
azul prisin, panegrico o apagn
final no fuera ni monstruosa elipsis
sino jbilo en la tripulacin:
descenso en hlices hacia otra isla,
la misma. Que bsqueda insistida
de tan hiertica ilusin de un decorado,
no ha de mostrarla confusa sino ilustrar
mejor su irregular numrico
arte de jardn. En despoblados,
en intervalos pulsa la travest
sus poemas. En un libreto
de escena pastoril teje un tapiz
de tiempo, de fsiles de luz.
Seleccin: Eduardo Miln y Ernesto Lumbreras