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Encuentros en el limbo

La noche que estuve en el purgatorio se rompió el último cántaro del diluvio. A mí me atormentaba un terrenal agujero en la suela del zapato. Nómada yo en aquel entonces, indagaba por Silvia, mi novia niña. Vagaba por la fábula una pareja de fantasmas helados.

Entre los tristes árboles de las molucas que en la noche florecen, se veían dispersas lámparas eléctricas. Ambiguas formas encorvadas con pelos, salían, entraban en iglesias barrocas, cafeterías, lupanares. La penumbra como una telaraña todo lo recubría. El Corazón del Purgatorio era una metáfora que se iluminaba en la plaza de Santa Sábadha.

De súbito bajo el Arco de la Rosa Roja vi a Diógenes, el profeta impío, mojada la pavesa de su lámpara, mendigar un fósforo y bociferar su verdad: el Rey Alejandro nos roba el sol y la sal; el hombre es una obra imperfecta, espantosa, con ese monstruito narciso y vicioso como un rey procrea los hijos y con su único ojo de cíclope llora de espaldas. Vi sus ojos cálidos, pero atormentados por la ciencia de ver la lejanía.

En ese mitin estaba cuando de improviso asomó el viejo Heráclito castañeteando de frío. Con papiros calendarios catecismo inventó en el portal una fogata y repetía que el mundo no es criatura de ningún dios: es fuego que se despierta y duerme conforme a leyes! Salió a la intemperie, la corriente hacía trastrabillar sus piernas, y él clamaba: nadie desvirga dos veces a la bárbara doncella, nadie se ahoga dos veces en la ceniza del mismo río!

Yo creo que el pretérito ocurre en el porvenir. La misma lluvia cae en todos los siglos. Todos los diluvios tienen su ave blanca, su arrecife. Desde el fondo del aguacero me llegó una paloma desencarnada: el misterio que me va a venir. La única flor amarilla que espero, caída del sueño. Entré en una zapatería alumbrada por un quinqué, saludé con anónimos fumadores de opio, y salí. Me gusta filosofar bajo la lluvia, caminando.

Con esa arrogancia de nube lesbiana, ceñida una corona de flores de azafrán, una verde túnica más verde que la hierba, colgante del cuello una luna de hojalata, Safo apareció. Junto al muro de la plaza del Santo Fulgor, semi trabada la lengua, en griego improvisó un cantar: Los huesos me duelen de melancolía, no de frío, he mutilado mi cabellera rapado mi cabeza, porque a este limbo, oh Persé no arriba la primavera, pero en mí renace la risa y la cabellera del amor.

Yo era un transeúnte sin gloria, semejante a un zaguán sin luces. Me consolé. Yo traía un resplandor, fabricado con ciencia y sueño, oculto en una con A todos por igual el destino nos arrastra -me dije un hombre flaco, con cara de quien acababa de; de la horca-, a los mansos y los. Coléricos, a los propietarios y los indigentes, a todos por igual. ¿Dónde están los que se creían, por la providencia; destinados a gobernar? Humo era el poder y disij Pompas de agua y jabón era la gloria, y deshiciér Avísales al Fakir y a los de su calaña -dijo Francc Villon- que en mis legados constan cálidas sopas pescado frito en aceite, y vino, para los días de invierno.   «Y de una soga de dos metros
sabrá mi cuello lo que mi culo pesa»

Luciérnagas y mariposas calavera circundaban en la medianoche insana, eran sílabas de una palabra desconocida que iba yo a inventar y pronunciar pero la voz con escalofrío de Gérard de Nerval me empanizó los labios. Palabras existen de las que libremente puedes disponer -dijo el poeta, inasible como quimera- y si pronuncias aquella, perturbas tú la armonía del mágico universo. Trazando en el aire signos, emigraron las mortales palomillas.

Llenos de fango, rotos mis zapatos, anduve descalzo.

Pensé en un Templo o en una Botella de Whisky. Ignoro por qué a la una de la madrugada estaba la basílica iluminada, abierta. De rodillas, oré: por qué permitiste que un rayo/ electrocutara el vuelo/ de mi núbil amiga/ por ella supe/ desde mi niñez/ que el amor es la agonía del deseo ¡Revívela oh Dios por estas lágrimas!...Y junto a un candelabro la vi toda vestida de blanco. Salió del templo. Yo, magnetizado, tras ella. El viento cumplía con su anhelo de peinar su cabellera. -Abajo de tu corazón, que ahora es un corral de cebras feroces, hay un manantial de aguas divinas, bébelas por mí, me dijo Silvia y con arrepentimiento y violencia arrojó, contra el muro, el veneno en la copa de cristal. Sonaron orquestas, cláxones, las lágrimas ardían en mis ojos, era una noche lluviosa de diciembre, en Quito.





De Isla negra, director Gabriel Impaglione
Selección: Fernando Andrade


LEOPOLDO TOBAR SALAZAR




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