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Mar de fondo (XVIII)

A partir de septiembre el ro no ha hecho ms que crecer.

Se lleva lo que a su paso encuentra: casas, puentes, arrumbadas berlinas y muros de contencin. La cola del huracn, envuelta en lluvia, llena mi espacio de pjaros sin nido que irrumpen como malas noticias.

Mi madre se angustia serenamente. Dice que si yo no estuviera todo el tiempo enfermo podra salir y colocar en el corredor, sobre el butaquito de cuero de venado, la imagen de Santo Domingo Sabio. As quedaramos a salvo de inundaciones y otros males del agua.

Ayer el ro mat a una nia. Le clav sus colmillos de lodo en el cuello, se meti entre sus piernas hasta salirle por las orejas y la puso a flotar en parihuela de nieve negra.

El ruido de la creciente despide un hedor extrao que se adhiere a las cosas. Un olor con dientes que vence las alfarjas, se acomodaen pginas impares, se sienta frente a m con las piernas cruzadas, mira su corazn en el espejo.

Debajo de la almohada guardo una pelota de bisbol y una aguja capotera.

Cuando los temblores arrecian, me froto la pelota vigorosamente para que recoja ese maldito sudor que corre por mi cuerpo como ro crecido.

La aguja me la clavo en la lengua hasta perder el conocimiento.



Seleccin: Eduardo Miln y Ernesto Lumbreras


FRANCISCO HERNÁNDEZ




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