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La esponja

Si en un plano colocamos un cierto nmero de pasillos y galeras que se crujan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galeras, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todava lineal y estilizado en la esponja se ha vuelta irrefrenable y catico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersin pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no perifrico, cargado de (error pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos duea de s misma, la ms exterior, la que no guarda nada y la ms nirvnica. Sus miles de cavidades y galeras son como la disgregacin que en cualquier estallido precede la pulverizacin final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de cada y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mrito; est demasiado conectada con su pequeez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningn receptculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se aduea de nada. Tan slo es capaz de prestarse hasta el ltimo retculo. Para qu? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galeras repiten con apuro propagndola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es aerifica. De ah lo fcil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus ltimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. Y quin no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cmo la manosea y la observa; est mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan duea de su expresin, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupacin, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la cada del agua para que el agua se nombre a s misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartlagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a s misma despus de cumplir con una tarea concreta: escudriar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permaneca seco. Plenitud no slo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma ms pura. No tiene carcter, es decir hbitos, manas, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecunime, no hay ah obstrucciones como tampoco vas rpidas, atajos o brechas; cada membrana y cartlago participan con la misma intensidad en la actividad en comn. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulacin de fuerza en algn punto, a la menor superposicin de residuos; como si se hubiera empeado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a travs de tortuosos clculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia gil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo ms: una materia sin poder, ignorante en el sentido ms puro, no ajena a la emocin.

La mitad de la mitad de la mitad; he aqu la pequea ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinacin y un rigor admirables, y que quiere decir, sin ms, la particin al centsimo, al milsimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentacin, de tribalizacin, de patriarcado. Siendo que su pasin es la confabulacin y el jolgorio, la lubricacin y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvos, y desvos de desvos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ah su vocacin de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una cada frenada al milsimo, una herramienta de disuasin; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botn, un fardo ilcito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quiz una confesin. Y, paradjicamente, la esponja es la expresin de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atltico; no puede permitir que nada se enfre, que envejezca. As, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartlagos y tendones de nuestra mano se insina el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer da. Pues no cabe duda de que el primer da era sencillamente eso, una esponja.




Seleccin: Eduardo Miln y Ernesto Lumbreras


FABIO MORÁBITO




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