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El lomo de la vida

Tras la reclusión vino de improviso la luz.
Deslumbrada,
llegué al núcleo de un violento avispero.
Ajena a la concesión estudiada,
inoportuna,
con la simplicidad del que ignora
el aguijón de la insidia,
pasé la mano, sin malicia, por el lomo de la vida.
Dios mío, qué brutal quemadura.


ENRIQUETA OCHOA

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