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En el campo de los Arocena

Y a la vuelta del granero, tres ratas de oscuro y hmedo pelambre, rudas, ojos de confite, que salen despedidas por la boca de un desage, una atrs de otra, como por un recto. Hace apenas un instante, sus patitas apuradas en la caera rat ra rat, rat rat. Y al dar la cara chillan de codicia entre las tres un solo chillido, corto, agudo y ascendente, dirigido a nadie.

Digenes descalzo no hubiera pisado este potrero sin compadecerlas, chapuceras de cloaca entre caldos fecales robando el grano a las gallinas, qu ms, cavando tmeles con sus pezuas de sirvienta, y de noche silbando para medir el tiempo que las despabila, ennegrecido. Pero todava hay luz y envueltas en su propio vaho de peste se las ve correr en direccin al molino, donde un cmulo de malvas arbreas recibe la descarga de una nube de polvo.

Aspas quietas en el fin de semana esperando lluvia. En el tanque australiano, las hojas se pudren con el agua abombada. Una camioneta por el camino de los pltanos, el verde seco, el ocre y la monotona de las plantaciones, ms nubes de borra en lento desplazamiento comprimido. Y si se vuelve los ojos, una tras otra ensartadas en un hilo de mofa trepan al penacho de una palmera; el tronco est enredado de tallos de hiedra, los cabos truncos de las hojas cadas parecen estacas.



Seleccin: Eduardo Miln y Ernesto Lumbreras


DANIEL GARCÍA HELDER




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