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Plegaria

Señor, devuelve mis muertos a la orilla.
Los escucho en sus oraciones
desde el piso más alto de Babel.

Les has dado un falso cielo o atardecer
en la hora exacta de su muerte.
Regrésalos a la orilla
con sus canciones y locura
suyo es el reino como suya la risa
con la que ya no danzan hacia precipicios en la víspera.

Déjalos ir como herejes,
pertenecen a la arena vagabunda
donde con lenguas heladas
deberían acariciar mis pies
ahora entre la sal
buscando el susurro
que me nombre dentro de sus canciones
y junto a su sagrada muerte
que revienta una y otra vez contra la misma orilla
donde voy a buscarlos,
tan tarde ya,
y me topo con la lejana Babel.
Ellos,
desde el piso que casi toca las puertas de tu reino
me piden orar en cualquier lengua extraña
para que puedan regresar al agua salada
que calla y bebe de sus pecados
como un monstruo en su verdadera tumba:
helada, de brisa.

Pero poco sabes de la muerte señor
porque has aprendido a tragarla
y hacerla parte de tu cielo inmenso.

Has olvidado hundirla en el agua turbia y ruidosa
junto a los que duermen ahogados en compañía de sus bestias marinas:
esos, los muertos que no te atreviste a tocar para tu cielo inútil.

Devuelve los míos a la orilla
no me los quites en esta noche oscura y callada
que me conduce como un lugar vacío recorriendo otros
convirtiéndome en el espectro
que habla sin entenderse y vaga hacia la errante Babel.

Devuélvelos o llévame con ellos
para escucharlos una vez más en tu absurda,
triste y maldita Babel, señor.








De Juzgando los exilios

CECILIA PODESTÁ

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