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Brusco olor del azufre...


I

Brusco olor del azufre, repentino
color verde del agua
bajo el suelo.
Bajo el suelo de México se pudren
todavía las aguas del Diluvio.
Nos empantana el lago; sus arenas
movedizas atrapan, impidiendo
la posible salida.
Lago muerto en su féretro de piedra,
sol de contradicción.
(Hubo dos aguas
y a la mitad una isla,
a fin de que la sal no emponzoñara
nuestra laguna dulce en la que el mito
abre las alas todavía, devora
la serpiente metálica, nacida
en las ruinas del águila.
Su cuerpo
es uno mismo y recomienza siempre.)

Bajo el suelo de México verdean
espesamente pútridas las aguas
que lavaron la sangre conquistada;
nuestra contradicción: agua y aceite,
permanece a la orilla dividiendo
como un segundo dios
todas las cosas:
lo que deseamos ser y lo que somos.
(Haga el experimento. Si levanta
un pedazo de tierra
encuentra el lago,
la sed de las montañas, el salitre
que devora los años.
Y este lodo
en que yacen las ruinas de la noble
ciudad de Moctezuma.
Y comerá también nuestros siniestros
palacios de reflejos, muy lealmente,
fiel a la destrucción que lo preserva.)

El axolotl es nuestro emblema: encarna
el temor de ser nadie y replegarse
a la noche perpetua en que los dioses
se pudren bajo el lago y su silencio
es oro —como el oro de Cuauhtémoc
que Cortés inventó.
                             Abre esa puerta
prende la luz acérquense es muy tarde
pero nunca es la hora no ha llegado
nos vamos se hizo tarde ya es muy tarde
hay tiempo todavía hoy o mañana
dense la mano no se ve está oscuro
dame la mano por favor nos vemos.


II

Toda la noche vi crecer el fuego

III

La ciudad, en estos años, cambió tanto
que ya no es mi ciudad
su resonancia
de bóvedas en ecos
y los pasos
que ya no volverán

Ecos pasos recuerdos destrucciones.

Pasos que ya no son. Presencia tuya,
hueca memoria resonando en vano.
Lugar que ya no está, donde pasaste,
donde te vi por último, en la noche
de ese ayer que me espera en los mañanas,
de ese futuro que pasó a la historia,
de este hoy continuo en que te estoy perdiendo.


IV

Atardecer de México
en las lúgubres
montañas del poniente...
(Allí el ocaso
es tan desolador que se diría:
la noche así engendrada
será eterna.)


V

Conozco la locura y no
la santidad:
la perfección terrible de estar muerto.
Pero los ritmos, imperiosos ritmos,
los latidos secretos de la savia,
arden en la extensión de mansedumbre
que es la noche de México.
                                        Y los sauces,
las famélicas rosas y las palmas,
funerarios cipreses perdurando,
son veredas del cardo, son eriales
de la serpiente árida, habitante
en comarcas de fango: esas cavernas
donde el águila real bate las alas
en confusión de bóvedas, reptando
por la noche de México.
                                     Ojos, ojos,
cuántos ojos de cólera mirándonos,
en la noche de México, en la furia,
vegetal, anhelante de la hoguera:
esa fúnebre hoguera que en las noches
consume la ciudad,
                           y al día siguiente
sólo vestigios ya,
                          ni amor ni nada
—tan sólo ojos de cólera mirándonos.


VI

¿Hasta cuándo, en qué islote sin presagios
hallaremos la paz para las aguas,
tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,
tan subterráneamente ya virtuales,
de nuestro pobre lago y cenagoso
ojo de los volcanes, dios del valle
que nadie vio de frente y cuyo nombre
los antiguos callaron.
                                   ¿Qué se hicieron
tantos jardines: las embarcaciones
anegadas de flores qué se hicieron?
¿Qué se hicieron los ríos, las corrientes
de la ciudad, sus ondas, sus rumores?
Los llenaron de mierda, los cubrieron
por no estorbar el paso del carruaje
de los nuevos señores, la reciente
nobleza mexicana.
                            ¿Qué se hicieron
los bosques, los pinares y los sauces
que otro tiempo poblaron la meseta,
este cráter lunar donde se asienta
la ciudad movediza, la fluctuante
capital ya sin rostro?
                            Los vendieron
para erguir el palacio del cacique,
del señor general, del licenciado.
Dijo el virrey: Los hombres de esta tierra
son seres por destino condenados
a eterna oscuridad y abatimiento.

La injuria del virrey flota en las aguas.
Ningún tiempo pasado, ciertamente,
fue peor ni fue mejor.
No hay tiempo, no lo hay.
no hay tiempo: mide
la vejez del planeta por el aire
cuando cruza implacable y sollozando.


VII

México subterráneo...
                                 El poderoso
virrey, emperador, sátrapa hizo
construir para sí todo el desierto.
Hemos creado el desierto,
las montañas
—rígidas de basalto y sombra y polvo—
son la inmovilidad.
Ah, cuánto estruendo
el de las aguas muertas resonando
en el silencio cóncavo.
                                 Es retórica,
iniquidad retórica mi llanto.


VIII

¿Sólo las piedras sueñan, su linaje
es la inmovilidad, el mundo es sólo
estas piedras inmóviles?

Roza el aire el cantil para gastarse,
para hallar el reposo. Inconsolable
el descenso del vértigo: marea
de mil zonas aéreas desplomándose.


IX

Hoy, esta tarde, me reúno a solas
con todo lo perdido y sin embargo
lo futuro también.
                           Y mientras pasa
la hora junto a mí
                           va oscureciendo:
en un fuego de nadie se confunden
luz y noche, pasado que no ha muerto,
o ese instante sin nadie que recorren
la ociosidad viscosa de la araña,
la mosca y su hociquito devastador.
Entre el ave y su canto fluye el cielo.
Fluye, sí, está fluyendo, todo fluye:
el camino que lentan los mañanas,
los planetas errantes, calcinados
que cumplen su condena desgastándose
al hendir sin reposo las tinieblas.


X

Hay que darse valor para hacer esto:
escribir cuando rondan las paredes
uñas airadas, animales ciegos,
ácidos perros del furor, guardianes
de un orden que estalló
y en sus pedazos
sueña la lepra envenenar la tierra.
Hay que darse valor para hacer esto.
No se puede callar, ir al silencio,
y es tan profundamente inútil hacer esto.
Y es doloroso hablar. Más doloroso,
más difícil aún, callarse a tiempo,
antes que los gusanos, los instantes,
abran la boca muda de una letra
y le coman su espíritu.
                                 Las sílabas
carcomidas, rengueantes,
                                     sonsonete
de algún viejo molino.
                                 Cuántas cosas,
llanto de cuántas cosas ya inservibles,
y otras que pelearán.
                               Chatarra sorda,
sorda sórdida hoguera consumiéndose.
Fuego la luz. Ceniza. Un lirio
es cada
pobre
triste
triste rescoldo triste
y ya fundiéndose.


XI

El viento trae la lluvia.
En el jardín
las plantas se estremecen.


XII

He mirado este campo a mediodía.
Aquí todas las cosas se disponen
a renacer.
De pronto, dulcemente,
todo el jardín se yergue entre las piedras:
nace el mundo de nuevo ante mis ojos.



III de El reposo del fuego (1963-1964)



JOSÉ EMILIO PACHECO






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