☰ menú
 

Un trotamundos


El anciano astroso, sucio,
viendo al horizonte desaliñado
manchaba las calles de Miami;
enviciaba la vista esplendorosa de las calles.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.

Traía un sombrero andrajoso, dicen algunos,
era un panamá, era un bombín,
una gorra de beisbolista
como la que usaba Sandy Koufax allá en la costa oeste,
decían los mayores.
No, como la de un joven pitcher de Dakota,
dijeron los más jóvenes.
Era hacia atrás como un harapiento vendedor de helados.
O como las del quarterback de los Miami Dolphins.
O bien torcida hacia la derecha como los raperos.
O a la izquierda.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.

O era exactamente un sombrero al estilo de los gángsters,
así vestía Al Capone su sombrero,
otro tenía el viejo Sinatra,
cuando en los bajos profundos de Ol´man river
alcanzaba el inframundo
y las botas de Nancy taconeaban en el centro de la ciudad.
No se distraigan.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.

Era un vagabundo arrastrando los pies
por las calles de la bella ciudad soleada.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.

La policía detuvo al viejo enjuto, esquelético, exiguo;
encontraron en los bolsillos de su saco raído
algunas hojas garabateadas
y dobladas en cuatro con descuido.
Lo detuvieron por vagar en las calles de Miami.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.

Cómo te llamas, vagabundo,
dijeron a un tiempo el policía bueno y el policía malo.
Bob Dylan, respondió el anciano.
Y claro, como ustedes pueden adivinar,
igual que desde hace medio siglo,
quedó en el viento flotando la respuesta.
Los tiempos siempre están cambiando.
Y a las buenas conciencias eso les resulta mal.



De: Verdad posible



EDUARDO LANGAGNE




LIBROS EN PDF DE EDUARDO LANGAGNE EN PALABRA VIRTUAL



 
  El álbum blanco   
 





regresar