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Los visitantes


De la infinita soledad de la noche
dos ángeles nocturnos llegaron a tomar un café.

Bajaron iguales de la mano
del aire fresco traspasado de estrellas.
De la ciudad vinieron silenciosos
como dos sombras distintas. Uno tenía un nombre
que parecía el sonido duro de una región cercana.
El otro. Un nombre de esos que salen de una puerta.
O de un puerto. De una lengua extraña
que no han dicho los labios.

Débiles del viaje. Largo.
No preguntaron nada. Tampoco contestaron.
Pero yo sentí el naufragio de mi interrogación
a solas en aquellas palabras que se dicen a diario.

Todo lo contemplaron con su mirada vaga.
Y se durmió en el aire
el golpe acelerado de un invisible asesinato.

El sobresalto acompasó mi pulso.
Como un callado coágulo mortal
recibió el corazón un mensaje sombrío.
Alteró la corriente alterna del silencio y el tiempo.
El dolor se instaló para siempre en la sala
de estar espiritual.

Los recuerdo iguales. Diferentes.
Intercambiando máscaras van encerrados en el puño.
Caín y Abel.

Cuando se fueron
era la noche un río inmóvil
que no tenía estrellas navegantes.



De: La palabra callada (1951-1988)



FERNANDO SÁNCHEZ MAYANS






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