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Soliloquio de la desconocida


—Hacia una soledad que no lastime,
desando con mis lágrimas el viento.
Inocente y odiada, me prohíbo
la pequeña alegría de un jilguero
o el rumor de una abeja distraída,
ya nunca más abeja entre mis dedos.
Un caballo me mira para siempre.
Lacra en mis pies su lengua un perro ciego.
Me ve una hoja y piensa en el otoño,
y deshabita el suspendido reino.
Me ve una fuente y piensa en el verano
y es sólo un remolino polvoriento.
Ay, si un niño se acerca temblorosa
en mínima corola me convierto.
¡Y no puedo impedir que elija y toque
la más secreta flor del campo inmenso!



De: La frontera



ROBERTO IBÁÑEZ






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