☰ menú
 

Los dos ángeles


Ángel de luz, ardiendo,
¡ah, ven!, y con tu espada
incendia los abismos donde yace
mi subterráneo ángel de las nieblas.

¡Oh espadazo de las sombras!
Chispas múltiples,
clavándose en mi cuerpo,
en mis alas sin plumas,
en lo que nadie ve,
vida.

Me estás quemando vivo.
Vuela ya de mí, oscuro
Luzbel de las canteras sin auroras,
de los pozos sin agua,
de las simas sin sueño,
ya carbón del espíritu,
sol, luna.

Me duelen los cabellos
y las ansias. ¡Oh, quémame!
¡Más, más, sí, sí, más! ¡Quémame!

¡Quémalo, ángel de luz, custodio mío,
tú que andabas llorando por las nubes,
tú, sin mí, tú, por mí,
ángel frío de polvo, ya sin gloria,
volcado en las tinieblas!

¡Quémalo, ángel de luz,
quémame y huye!


5

Cinco manos de ceniza,
quemando la bruma, abriendo
cinco vías
para el agua turbia,
para el turbio viento.

Te buscan vivo.
Y no te encuentran.
Te buscan muerto.
No muerto, dormido.
Y sí.

Y sí, porque cinco manos
cayeron sobre tu cuerpo
cuando inmóvil resbalaba
sobre los cinco navegables ríos
que dan almas corrientes, voz al sueño.

Y no viste.
Era su luz la que cayó primero.
Mírala, seca, en el suelo.

Y no oíste.
Era su voz la que alargada hirieron.
Óyela muda, en el eco.

Y no oliste.
Era su esencia la que hendió el silencio.
Huélela fría, en el viento.

Y no gustaste.
Era su nombre el que rodó deshecho.
Gústalo en tu lengua, muerto.

Y no tocaste.
El desaparecido era su cuerpo.
Tócalo en la nada, yelo.


De: Sobre los ángeles



RAFAEL ALBERTI






regresar