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Ha alzado una mano el dios...


Ha alzado una mano el dios y cae entre el hombre y la mujer su sombra. Se altera de sabor secretamente el halo en que yacías. Y viene, se nos echa ya encima, creciendo y sin llenar nunca del todo su tamaño una inminencia que quiere ya llamarse dicha. Como algo oscuro, oscuro, alzado, henchido, encendido hasta ser una alegría. Relampaguear de brillos de un aceite negro, carbones de una sombra que en el extremo del ahogo fulgen, humos en raudo vuelo hacia su lámpara.

No es el mundo de lo que nos damos, no es tampoco exactamente su alegría sino el gesto y los labios con que la bebemos. Su aceptación que para hacerse el don en que nos damos olvidó su nombre; la brecha que él abrimos para recomenzar el mundo que sigue sin embargo sin comienzo.

Saber, eso lo sería todo, de qué manera sigue estando presente entre nosotros lo que conocemos sin mirarlo, lo que sabe de nosotros ignorándonos.


5 de la serie: Algunas piedras de un collar del dios



TOMÁS SEGOVIA






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