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Recuerdo la estatua de un caballo alado...
de Espido Freire


    Editora del fonograma:
    Palabra Virtual

en la voz de Carmen Feito Maeso    


Recuerdo la estatua de un caballo alado...



Recuerdo la estatua de un caballo alado,
el cuello tenso, el fluir en el aire
y una mujer tranquila;
debió ser mi madre.
Sólo eso queda de mi infancia.
El resto me lo robó un remolino.
          Yo no recuerdo...
El brillo en el cielo,
el mármol del caballo, la luz.
Luego la noche.
          Mi padre me pide que calle,
y junto a él arrojo las redes
en loa bahía tranquila.
Las barcas se mecen suavemente,
voces de pescadores sobre el agua.
¡Jantes, gritan, despierta!
Ya tendrás tiempo de soñar en el invierno.

Yo corro y ato cabos,
aseguro las barcas al viejo muelle.
          A menudo retorna el caballo alado.
Jugaba a sus pies, hubo una plaza.
En las noches solas, hablo con mi padre;
mueve la cabeza.
No regresan las cosas del pasado.
Tu vida está aquí, Jantes,
cuando muera heredarás mi barca.
Como yo desangrarás el mar,
y con suerte,
encontrarás una ostra con perla,
un jarro de plata que te libre
de tostar tu piel y vender tu alma.

          Gasté mis años en el puerto,
remendando redes y atando barcas,
y un día de resaca, entre el pescado
brotó del mar un brazalete.
Sentado en la barca agitada por las olas
contemplé el metal desconocido,
el dibujo de un laberinto, y en su interior,
el trazado, la marca de un caballo.
          Así me enfrenté a mi padre,
con el brazalete ante mí como un escudo.
¿Es que sólo he vivido entre mentiras?
¿Qué decías cuando hablabas de otra tierra,
de un país surcado por canales,
del palacio que dominaba el mar
desde un alto escarpado?
No, Jantes, son paisajes de tus sueños.
También yo los vi, y los perdí al crecer.

Yo te creía.
          Recuerdo otra patria, otro hogar,
una mujer que me miraba reír,
barcos negros de negras velas,
un cielo luminoso que presidía la tierra,
un caballo de mármol de enormes alas
junto a la plaza cuadrada del palacio...
          ¿Por qué me has retenido?
Cuando te rogaba Déjame marchar,
seré mercader en las tierras altas,
y cuando regrese, te cubriré de oro,
abriré un nuevo camino al sur,
vivirás en la gloria y la fortuna.

¿Qué decías?
No, Jantes, del sur no se vuelve,
no marches de Ilión.
Tú perteneces al mar, aquí has nacido.
La nostalgia anida lejos del agua.

          Mentiras siempre. Dime ahora.
¿Quién soy yo?
No nací aquí.
Pocos recuerdos quedan de mi infancia
a salvo del remolino.
Mi país ya no existe:
sus ciudades las barrió la tormenta.
Su capital quedó arrasada.
          Callé, el brazalete en mi mano
y mi padre inclinó la cabeza.
Las redes se extendían bajo sus pies
como ondas rotas en un estanque olvidado
y mientras las recogía, narró mi historia.
Naciste del mar; el mar te trajo...




Fragmento de Aland la blanca

De: Mujeres de carne y verso



ESPIDO FREIRE


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