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Detrás de mí está el Río… (El sueño de las escalinatas 4)
de Jorge Zalamea



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    La voz de Jorge Zalamea. El sueño de las escalinatas

    
    Editora del fonograma:
    H.J.C.K.

por Jorge Zalamea    
Colaboración: Álvaro Castaño Castillo, fundador y director de la emisora HJCK    
  

    
Colaboración: Álvaro Castaño Castillo, fundador y director de la emisora HJCK    
  


Detrás de mí está el Río… (El sueño de las escalinatas 4)


Detrás de mí está el Río.

Lo siento correr sobre mis riñones y cómo los ciñe con su fluyente y yerta cadena de plomo, invitándome al lento viaje de la muerte, como a vosotros: seres de condición contradicha y de voluntad incierta.

Pero sigue la audiencia y prosigue la acusación.

Y te acuso, Río hipócrita. Con tus aguas de adobe desleído y de cañas podridas crees ocultar tus crímenes de inundador y saqueador de aldeas; con la mimosa sonrisa de tus breves ondas y los arrebatos de tus remolinos danzantes, procuras disimular el rapto de los niños y las mozas que bajaron de los pueblos sedientos para mirarse en tus sucias aguas.

Río-mito: estás ahí, a mis espaldas, con tu lengua salaz de Celestina, con el rumor canalla de tus vanas promesas. Todo burbujeante y espumeante de historias y misterios. Exhalando el vaho de muchos siglos. Sorbiendo y convirtiendo en onerosa tasa marítima la polvareda de las necias obras humanas.

Te acuso, sede de los grandes señores, cómplice de los grandes sacerdotes, alcantarilla de los grandes asesinos.

Millones de ojos desesperados, millones de manos sin empleo, millones de cuerpos enfermos, millones almas extraviadas te buscaron, te buscan; te siguieron, te siguen; se sumergieron, se sumergen en tus aguas, buscando en ellas la horrenda remisión de su miseria, el perdón de sus supuestos pecados y la garantía de nunca más volver a vivir sobre la tierra madrastra.

¡Oh blasfemia contra el mundo, la vida y el hombre!

Dicho esto, tengo algo más por decir.

En voz más baja, doblando la cabeza hacia el vientre, anudando mis rodillas con la liana entrecruzada de los brazos —en una repetición de la postura fetal y en una anticipación de momia india—, sin pensar pensando, pensándolo... que el Río-mito, que el Río-cómplice, que el Río-hipócrita y sagaz me empape con sus aguas. Pues sólo sintiendo su humedad, oliendo su legamoso, su hedor, conociendo sus tretas será verídico mi testimonio en esta audiencia.

Nacido de las más puras nieves, ¿por qué, Río, te prestaste a servir de vía de agua por la cual se vertiesen los cadáveres desmantelados de las viudas cuyos sexos picotean tus peces?

¿Por qué tras de regar los altos valles y las grandes llanuras en que los hombres siembran y procuran cosechar frutos de utilidad, te prestaste a evacuar los cadáveres de los niños macrocéfalos que abren y cierran sus pobres piernas raquíticas y los bejucos de sus brazos como compases yertamente regulados por tus grandes aguas caudales?

¿Por qué, después de dar limo propicio a la tierra en que amorosamente paren las mujeres, te prestaste a acarrear los cuerpos muertos de las altas muchachas cuyos senos, apenas en flor, fueron trocados por tu humedad en reblandecidas, trasparentes y fosforescentes anémonas de bajamar?

Más gris cuando desde las escalinatas te ofrendaban las cenizas de los cuerpos mordidos en vida por el hambre y calcinados por las llamas en la muerte. Y conservando siempre ese color de herrumbre que te dieron en el desesperado desperezamiento de los siglos los guerreros innumerables que, con un pequeño gemido humano o una gran blasfemia humana, se precipitaron a tus aguas: cubiertos todos ellos, como grandes escarabajos, por armaduras nieladas, por armaduras de mallas, por armaduras repujadas, por armaduras que ostentaban el relieve de medusas, furias y minervas, por armaduras empavonadas, trenzadas, bendecidas... ¡y todas ellas vanas!

¡Oh creyentes, el Río está aquí, y está con nosotros y está contra nosotros!

Pues tengo todavía tengo algo más por decir.

¡Qué tumulto de pueblos y qué confusión de razas en la longitud de tus riberas, Río de tan largo brazo y de tan numerosos dedos afluentes!

Desde los muy antiguos ariodravídicos que vinieron ya, ¡ay!, en son de guerra y de conquista para desposeer y avasallar a tribus que ni si quiera tienen fe de bautismo en los registros de la historia, hasta los señores de hoy que, para hacer una ablución hipócrita en tus aguas cómplices, descienden —sudorosos, lustrosos y obesos— por las escalinatas entre una doble fila de policías militares, idénticos estos con su casco blanco, con sus uniformes verde-caña y con sus amenazantes botas, a todos los que hoy vemos desplegados sobre la faz de la tierra contra la pobre condición humana. Esos señores que vimos hoy descender por las escalinatas con sus esposas, aún más gordas y de bellos ojos vacunos y con sus hijos ya envarados por el protocolo de la riqueza, y toda la poderosa familia descendiendo bajo un enorme parasol blanco que ostenta, repujadas en oro, las sentencias falsamente consoladoras y descaradamente admonitorias de la antigua fe: ausente en los señores pero pérfidamente mantenida en vosotros, ¡oh creyentes sobre las escalinatas!

A tus riberas, Río-mito, llegaron gentes arias, gentes macedónicas, gentes griegas, gentes pérsicas, gentes turcas y escitas; y los ghaznávidas de Mahmud el Mecenas; los uzbecos de Timur el Cojo; los tártaros de Baber el Letrado y los maharajatas de Aurangzeb el Cainita. Todos ellos, tras la atroz hecatombe, poniendo a relinchar sus caballos, a berrear sus meharíes, a trompetear sus elefantes sobre el limo engañoso de tus orillas.

Y, en otra vuelta de la rueda del tiempo, se bañaron en tus aguas o pasaron por ellas a la gran noche gentes de Francia, gentes lusitanas y las gentes de Britania, también ellas ofreciendo a las asas asesinas del Río sus cuellos quebrados y el esplendor inútil de sus corazas y uniformes, perforadas aquellas y deshilachados estos por la sierra dental de tus peces, impacientes de llegar a más suculenta vianda.

Cada invasión buscando y encontrando en tus aguas, en tu cauce, la más ancha y discreta vía para desembarazarse del feto de su propia codicia abortada: todas esas bocas blasfemantes de los reclutas invasores; todas esas muecas desdeñosas pero vergonzantes de los soldados del Imperio; ¡todas esas carnes malheridas, todos esos mutilados cadáveres de los defensores de la patria!

El fiscal de los hombres constata que cada uno de esos transitorios imperios edificó en tus riberas primero fortalezas, luego templos que las justificaran, finalmente palacios en que unos pocos señores —bajo el pabellón de las espadas y la aspersión de las bendiciones— se regodearan en su poder, jadearan en su vicio y loquearan en su hastío sobre la infinita miseria de sus semejantes.

¡Oh indecente complicidad del mito fluvial!

Para que la abominación fuese posible, por las escalinatas en cascada y por laberínticos albañales subterráneos, entregaron a tus ondas el anónimo pueblo que edificó en tus riberas, pero no al alcance de tus crecidas, Templos y Palacios.

Así hicieron de ti el furgón funerario de las gentes venidas del Tíbet con la cabeza calva y sus túnicas color de azafrán; de las gentes envueltas en los mantos blancos del Afgán; de las gentes de Han que subrayan su parla monosilábica con el revolar de sus anchas mangas, y de las gentes que ostentaban las rojas casacas senilmente amadas por la emperatriz Victoria... —llevando tú hasta el delta, hasta ese horrendo desaguadero de la muerte, toda una pálida cargazón de cadáveres.

Río manso en la hipocresía; Río cómplice en el silencio; ¡Río-mito por la vanidad! ¡Fabulosa serpiente sacralizada por cada una de las religiones que inventaron los poderosos para distraer el hambre de los humildes!

Y más aún diré, nutriendo cocodrilos en tus aguas bajas siempre so la vigilancia de buitres, milanos, alcatraces y otros aves voraces, continuas tu curso, que sería inocente, como toda cosa del mundo si no hubieses aceptado el feudo de los potentes y la bendición de los brujos.

Toda una historia se amotina por ello contra ti, ¡oh Río!

Y entonces menester es gritarlo:

¡Acusa, acusa la audiencia!

Pero también el hombre en cuclillas que soy yo, tu acusador y tu cantor; el hombre en cuclillas sobre las grandes losas de las escalinatas; el hombre rodeado por gentes de toda condición; el hombre obsedido por la belleza del mundo y agobiado por la infinita tristeza de la condición humana; el hombre que convoca esta audiencia; el hombre que echa sobre sus hombros el censo de la miseria; este pobre hombre sobresaltado por su propia audacia, tiene, oh Río, que bajar hasta tus aguas para decirte:

Bajo el sol implacablemente inocente en su carrera y su furor en sus eclipses y en sus nubosos rubores, sudas, oh Río, una neblina que los agoreros interpretan contra los hombres del común y en favor de los señores. Acariciando tus propias riberas a la manera de un viejo amante impotente, sollozas un canto de sollozo que tus altos padrinos interpretan como la irremisible condenación de sus feudatarios.

Sin repetir jamás lo que se mira en tus aguas, ni las palabras que se vociferan o murmullan o gimen sobre ellas, fluyes hacia el rizado mar, esperando hallar en su inmenso cáliz violeta una evasión, todavía otra muerte, ¡la propia tuya! Dispersando en el delta de tantos y más brazos que el Destructor Divino, los cadáveres que te envenenan y acongojan.

¡Pero no vas a hallar, oh Río, esa paz en el convulso seno del mar! Pues el piélago iracundo no quiere resignarse a continuar siendo la vagina en que se viertan los vicios e inmundicias de los defraudadores del hombre.

¡Pobres hombres!

¡Pobres dioses!

¡Pobre Río!

¡Acusa, acusa la audiencia!



4 de: El sueño de las escalinatas



JORGE ZALAMEA


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