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palabra virtual

La muchacha ebria    
    Editora del fonograma:    
    Entre voces. FCE    
por David Huerta    

    Este poema forma parte del acervo de la audiovideoteca
    de Palabra Virtual

Los ruidos del alba


I


Te repito que descubr el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve aos.

Mi amor se deslig de las auroras
para entregarse todo a su murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.

Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escrib leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.

Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montaas viene un ruido tan fro
que recordar es muerte y es agona el sueo.

Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.


II


Expliquemos al viento nuestros besos.
Piensa que el alba nos entiende:
ella sabe lo bien que saboreamos
el rumor a limones de sus ojos,
el agua blanca de sus brazos.

Parece que los dientes rasgan trozos de nieve.
El fro es grande y siempre adolescente.
El fro, el fro: ausencia sin olvido.)

Cantemos a las flores cerradas,
a las mujeres sin senos
y a los nios que no miran la luna.
Cantemos sin mirarnos.

Mienten aquellos pjaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.

Llegamos con el deseo y seguimos con l.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabidura,
en el seno de la locura.

Dos columnas en el atrio
donde mendigan las pasiones.
Perduramos, gozamos simplemente.

Expliquemos al viento nuestros besos
y el amargo sentido de lo que cantamos.

No es el amor de fuego ni de mrmol.

El amor es la piedad que nos tenemos.



De: Los hombres del alba



EFRAN HUERTA






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