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Blanca Orozco de Mateos

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No consta en actas
de Juan Bañuelos

palabra virtual


Como la hierba

    
    Editora del fonograma:
    Pentagrama

por Juan Bañuelos    
  


No consta en actas


(Tlatelolco, 1520 - 1968)


1

                                                                                       A Octavio Paz


Oh, bebedor de la noche, ¿por qué te disfrazas ahora?
¿Todo es igual acaso? ¿Tengo que repetir
lo que el augur grabó en el silencio de la piedra
curtida por el viento?

“...esparcidos están los cabellos,
destechadas las casas,
enrojecidos sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas
y en las paredes están salpicados los sesos;
masticamos salitre, el agua se ha acedado.
Esto ha hecho el Dador de Tlatelolco,
cuando nuestra herencia es una red de agujeros”.
¿Todo es igual que ayer, entonces?
¿Ensartaremos cráneos como cuentas
y se ha de repetir lo que el augur
grabó en el silencio de la piedra?

¿Con coágulos de sangre escribiremos México?
Yo el residuo, el superviviente, hablo:
los comienzos de los caminos
están llenos de gente.
No haremos diálogo con la Casa de la Niebla


2

(Alguien)

Mañana hace mucho tiempo
oiré olvido y celebraba míos
para saberlo alguien que transita
inventando un destino.
Esto no es incoherente, como puede creerse.
Es un pueblo, digamos, ya que el bosque es más fuerte
que los rayos y el hacha.

En cualquier momento, no será extraño,
de aquí en adelante la ira,
el llanto, la indignación, la fiesta,
dirán: “mírenlos”, indicarán: “son ellos”.
De cada frente estudiantil que sangre
irrumpirá el fulgor de los que nada tienen,
y no serán perdidos de vista
porque tienen su edad hasta este punto
que son los desollados
que buscan su piel bajo la luz
de un rostro semejante.
                                                             Yo
vagué por la Calzada de los Muertos
sobre un pueblo petrificado.
De pronto aquellas piedras
que mañana hace tiempo,
con hectáreas de cólera movieron
el horizonte.

                                                             Hoy
vivo en las imágenes del día
y en el fruto que forman el espejo y la niebla.
Todo anda, repta, vuela,
el corazón es pez a la deriva
y el mismo paralítico desplegará sus alas.
¿Qué importan las granadas de gas
al borde del estruendo en las manos rapaces?
Ah, soldados, granaderos, hermanos inmundos
si fueran distintos en un país distinto
en donde la pobreza
afinada como un instrumento peligroso
no los hiciera doblemente abyectos.
Ay,
pueblo aturdido con discursos disecados
como pájaros muertos.
tu llanto no es el mismo de otros siglos,
es llanto de gases lacrimógenos
(industrial y en conserva).
Y los que han concebido la inquietud en sueños
cuando amanece cumplen
con el Poder entre sus manos
TRAS-TRAS-TRAS-CLIC-CLIC-BLAM

Oh patria,
fosa común
donde estamos con la mitad del cuerpo adentro,
la otra mitad se ha puesto a caminar
con el verano de las llamas.
Todos estamos sujetos a investigación.
La sombra da la misma piel a cualquier muro.
                                                             Sin embargo,
yo deletreo la luz si encuentro la mirada
no en el temblor del sueño, sino en el que despierta.
¿Y si después de todo, mexicano? ¿Qué de qué?
La esperanza es pesada si su lecho es de muertos
que quisieron,  un día, volcar soles
sobre nuestros párpados

                                                         (continúa en el poema 10)


3

(Marcha del silencio)

¿Quién levantó la villa Olímpica / / / / / /  Manos
de obreros que viven en las cuevas de arena.

¿Quiénes lavan los pisos, manejan los autos,
preparan los banquetes en las grandes mansiones?
/ / / / / / Aquéllos para los que se hicieron las
leyes cuando el amo pierde un brillante.

¿Quiénes mantienen los cordones policiacos
alrededor de la garganta popular? / / / / / /
Los mismos que escriben su nombre en los
acuerdos levantados para la Paz.

¿Y quién pide respeto a la ley de sumisión?
/ / / / / / El docto senador a quien más tarde
sus hijos le besaran la mano.

                              Las filas del silencio avanzan
sobre el paisaje enrojecido de las calles
                                                    (en las casas
los clavos cuelgan
                              de un llanto en la pared).
En la mitad del Zócalo interrogan
                              la noche y las campanas
y aquella multitud
                              hecha una estatua airada.
Enfrente:
          el palacio
                    y tinieblas
                              y ellos.
Es imponente oír arrastrar tantas cadenas.
Por la mañana
          la radio volvió a hablar
                    del honor, patria y grandeza.


4

(Visita)

—Tocan a la puerta, mujer...
Es la hora de los allanamientos.


5

(En la Cruz Roja)

La noche con la lluvia ha nublado los vidrios.
La Cruz Roja va y viene
mientras la formalina levanta en vilo
camillas y gavetas.
El tedio burocrático provoca que la gente
camine de un extremo a otro.
Algunos sollozan.
En las ventanas la noche y la lluvia.
                           Una mujer descalza
cubierta la cabeza con un rebozo negro
espera que le entreguen a su muerto.
22 años. Politécnico:
un hoyo rojo
en el costado
          hecho por la M-1
                    reglamentaria.
Las sirenas no dejan de ulular.
Y un camillero silba, despreocupado, una vieja canción
que no conmueve.


6

(El comerciante en aves canoras)

Si ha vivido en el campo
—me dijo el hombrecito—
recordará las aves:
las que vienen del sur,
las que llegan del norte.
Aquí en Iztapalapa
por las tardes observo
su vuelo y adivino
su grito y su plumaje.

Antes cazaba ardillas,
liebres, conejos... muchos.
Todo es bueno si hay hambre.
¿Y usted qué hace?

                                        De pronto
la gente en el mercado
se ha reunido y apoya
gritando a un estudiante:
"Abajo el mal gobierno".

Hay veinte grados a la sombra.
Se oye un fragor de estoperoles
y el centelleo frío de fusiles
quiebra la tarde. Corre el pueblo.
Es derribado un puesto de manzanas.
Sobre el asfalto
yace el vendedor de pájaros cantores
y a su lado un periódico abierto:
"En Biafra, los fallecimientos por hambre
se han estabilizado en 6 000 seres cada día".
Es para estar tranquilos.
                                         Las calandrias
no dejaron de cantar toda la tarde.


7

(Danzón dedicado)

—aquí tejones— les dijo el coronel
de granaderos.
DO-RE-MI-FA-SOLdados. Qué madriza.
Danzón dedicado a los chavos estudiantes.

(A ver si se nos hace ahora, jefecita,
a ver si la vidorria no nos hace batos.
Porque eso sí, ya estufas
de esquives a la vida.
Vamos a ver si de estos ñeris
sale siquiera un Kid Azteca.
)

El que apretó el gatillo
se puso de pronto a llorar.


8

(Cambio de estación)

La estación ha cambiado de golpe
igual que la conciencia de mi pueblo.

(Hoy es mi cumpleaños. Al lado suena el aire a todo trapo.
Las horas suenan como botones descosidos.
Y es lo que a mí menos me importa.)
La lucha sigue. Octubre ha visto
caer asesinada a mucha gente
en Tlatelolco,
                  Santo Tomás y
                                        Zacatenco.

Los árboles comienzan hoy a desnudarse,
mis mejores amigos huyen perseguidos,
¿acaso la hojarasca les servirá de almohada?
¿Las cocinas oscuras de los hogares muertos
oirán pronto los pasos de sus vacantes dueños?
Desde mis años caigo hasta este viernes,
a un día de nacido, a tres, a diez y a mil,
y aprendo cómo cuesta
dañar la parte que me quiero.
Y hablando de carbón ¿el agua alisa su pelo natural?
¿Y la soga del fuego está a la mano?
Cómo sube gente por mi rostro.
¿Nos dará la cólera calor para el invierno?
Hoy cumplo años. Y estoy pegado a los barrotes
de una cárcel que tengo por ciudad.
Algo violento irrumpe:
                          la sangre de una vena rota.


9

(La muerte y la doncella)


                                  Políglota de 19 años
                                                           también acribillada.


A ti que me haces hablar
sin haberte conocido,
a ti que me haces me adentre en tu silencio,
que congregas las hojas a la luz de este otoño,
tienes el nombre de una ternura antigua:
Ana María Regina.

Tu rostro flota en la ciudad
igual que el frío en una cueva.
                                              Oh amiga,
¿de qué materia fuiste, que las balas
no destruyeron tu belleza?
Porque te convertiste en el copal florido,
lo contrario del polvo, tu muerte nos transforma.

Yo aprendo algo de ti, torcaza,
cuando vagas y chocas con mis labios
y sueldo los pedazos de tu nombre.
Y lo que digo va en andrajos
                         y tiene frío.
En ti la vida habló en distintos idiomas.
                         Mírame a los ojos,
de modo que los que lean estas líneas
sepan que te alimentas del plato deslumbrante
de un nuevo nacimiento.
Tú tienes sólo una leve dolencia. Es cierto,
no hubo nada entre ambos y cómo te amo:
déjame ser tu amigo,
                              si acaso
                                          tu tristeza,
o si prefieres
               tómame
                          como un hermano.
A ti que me hiciste hablar
sin haberte conocido,
¿de qué materia fuiste, que las balas
no destruyeron tu belleza?



10

(sigue del poema 2)

Oh pueblo mío que entras en el día
como aquel que tiembla cuando conoce el amor.
Siempre tuve palabras a medias,
hoy las tomo enteras de tu profundo pozo.

Alguna vez la conocí en el mapa,
ahora toco a la patria en carne viva.
Giro sobre sus goznes de miseria
y a su boca de paralizado allego
la retama del odio,
el atolón de cuajo adolescente,
el frenesí craneano atravesado
por la lluvia del ametrallamiento.
Época de ostras y avestruces
(izquierdistas muriéndose de oídas
o reaccionarios sollozando estiércol),
pero también tiempo de tapires.
Los padres han sido vencidos.
Han tardado en venir. Nunca partieron.
Cuando los escorpiones
cerraron por dentro las puertas de la patria,
nuestros hijos suplieron la impaciencia;
nosotros enrojecimos de cólera, impotentes,
y no supimos presentir la hora
en que ellos volverían a su casa
con las huellas de la tormenta.
Lo que ha empezado va muy lejos:
con su cabeza sin reposo, siempre
llega el futuro derribando puertas.

Capital de la hoguera:
Zacatenco, la Ciudadela,
                 Ixtapalapa, Casco
                 de Santo Tomás
                 y Tlatelolco.
Úvula viva que arremete
contra toda coartada de lenguas proditorias.
Bajo el trismo del miedo,
sobre un cardumen de azoteas,
las banderas olímpicas
puestas con especial cuidado
no ocultarán el crimen.

Aquel que tranquilamente va de compras
aún ignora que una bala le espera
al doblar una esquina.
Mexicano,
recela del que habla resignado,
del que tiene un cansancio
en toda la extensión de su palabra,
del que frente a paisajes de cuellos sin cabeza
agradece el diminuto abanico de un aplauso.
Cuídate, mexicano,
de los que orinan alrededor de tu quejido.
¿Por qué hablo de esto y esto si es tan bella
la estación que se inicia y un castaño
se mece al lado de mi casa,
mientras la brisa y la quietud se duermen
en el color de su corteza?
¿Qué puedo hacer si la furia y el duelo
están metidos en mis versos, en mi pan,
en mi plática, en mi sueño?
Silencio,
que las paredes oyen para la policía.
Y nadie hable de un río con su tarde,
porque el látigo del centurión
silbaría entre estas líneas.

Hemos dado un pase de glaucoma
por las calles tatuadas de Nonoalco
Mis palabras salen perforadas.
Son los últimos disparos de la noche.

                               Oh, ciudad mía,
ciudad montada sobre tanques,
                                         sobre un gargajo de cuartel.


11

(Ante el derrumbe de mi casa)

Brilla la telaraña en los escombros.
Inicuamente el aire se balancea en el terror
y ella se nutre aligerando el paso,
y ya ni amor escuda el golpe
de esa ceniza cuya boca
es desdentada salud desde la cuna.
Los hilos se alargan e insiste
como relámpagos que imitan
la lívida cara de la noche,
y no es posible oscilar entre
el crujir de la madera
de aquellos muebles / que recuerdan
la savia y el cubil quemado
de la lluvia.
               Un arco iris en el cuadrante
de la araña
               perdura al paso
de donde jamás estuve /
               y el ruido de un motor que tiene prisa
asusta este destino
               que baja al fondo
y me despierta
               pululando
entre desechos de palabras.

Mis manos
               no tocan más que límites.


12

TODO COMO SANGRE, VIENEN HUMEANDO LOS VESTIDOS,
TODO UN MIEDO PONIENDO EL LUGAR: COMO HUMO,
COMO SANGRE, COMO NIEBLA.

A la vida
dale con tu muerte,
a la muerte dale rienda suelta
pero nada de quejas/

mejor ponte a escuchar
tu esqueleto.
Si ya naciste

coge ternura de tu recién nacido cada día.
Haz el amor, siéntate en la hierba,
cura tu pulque, suda
que si te han de partir mañana la/
queda de pie en el horizonte
como un pájaro en el hilo telegráfico.

Por el peine alborota tus cabellos.
por el agua danos sed
y entra en voz alta a la tristeza
no vaya a resultar que
desplumado como un gallo/
una pierna ande por acá
y la otra entre coqueta en los sollozos.

A luego
desliza en la rocola una moneda
para espantar con música los aires. Como ayer.
Mientras detrás de las casas
desenterraban a los acribillados de hace un año.

Huele a estoraque en la ciudad de México
(suenan los cascabeles el turpial liba el canto pintado).

Será mejor que peles dientes a tu calavera.


                                                                                       Valle de México, 1968



De: No consta en actas



JUAN BAÑUELOS


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