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Blanca Orozco de Mateos

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Redoble bajo una ceiba
de Juan Bañuelos

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Como la hierba

    
    Editora del fonograma:
    Pentagrama

por Juan Bañuelos    
  


Redoble bajo una ceiba


1

Padre anciano,
Obrero y gran señor,
Sesenta y nueve ramas se han secado
En tu arbolado corazón.
Padre, es claro.
Yo acecho tu bastión:
Me abro paso entre cedros y álamos
Cuando, de pronto, soy
la multitud hambrienta de una calle
Aherrojada en cilicios de terror.

Padre obrero,
Obrero y gran señor.


2

Entre el moribundo y el muerto
Cómo zumba el asombro,
Cómo zumba el insecto burlón del silencio;
Cómo en esa mirada de pez sobre la arena
Sube la marea de la preñez amarilla
Del espectro;
Cómo su boca se abre
Sin estruendo;
Cómo su frente es un paisaje
Ya sin viento
Y un día breve es su mejilla.
En su mano derecha
Hizo su tálamo el tiempo.
El cuarto es un planeta a la deriva
Que encallará en su pecho.
El gruñido lejano de una puerta
Desova la noche entre sus huesos.
¡Qué proa su nariz hendiendo el alba!

Un invisible animal se duerme en sus cabellos.


3

Tristísimo de mí, padre callado,
A tu vejez de yunque estremecido
Vuelvo pequeño, al pantalón cogido,
Sin culpa y por el tiempo apanteonado.

(Qué ráfaga de sombras. No lo sabes.
Tú duermes. No lo sabes.
Tanta grieta
Me dejas, que hasta el eje del planeta
Mece lento la fosa donde cabes.

Cuerpo a cuerpo, venciendo la dolencia,
Hasta la tumba llego y no sé cómo
Desciendo la escalera de tu ausencia.

Con toda tu herramienta escarbo, grito.
Y no estás más. Qué cauteloso plomo:
Escribo con la muerte que te quito.


4

Ésta es su sala, y éste su martillo,
Ésta es la fragua y ésta la ceniza
Donde, junto a la edad, se carboniza
El resplandor perdido en el ladrillo.

Aquel taller fue siempre su castillo:
Forjó, soñó, vio cómo se desliza
El metal derretido y, con la tiza,
Circunvaló su vida como anillo.

Y tal la piedra que lanzó una mano
Y dio en el rostro quieto de un espejo,
Así llegó escondida la saeta,

Así quedó girando aquel verano,
Así en pedazos se quebró el reflejo
De su imagen más nuestra y más secreta.


5

Vengo de estar donde la sed se bebe,
Donde es árbol de pena lo que planto,
Donde el aire es de yeso y no se mueve.

Entretén a los vientos, padre, en tanto
Me arrimaré a un pedazo de desierto
A palpar cómo soy, pero sin llanto;

A cerrar el dolor que estuvo abierto
Con días, sol y venas ahuesadas,
Hasta sentirte vivo, amado muerto.

Sabrás que son más limpias las miradas
Cuando volvemos de incendiar zarzales,
Y que el llanto es un párpado a pedradas.

Verás del sol sus altos litorales,
Y que las arrasadas alegrías
Vuelven, oh padre, a ser originales.

La otra noche soñé que me seguías,
Que estaba el aire claro estando oscuro
Y que al llamarte, tú me sonreías.

Desde entonces callando me aternuro,
O haciendo eco en mí mismo a ti voceo
Cuando el pan que yo muerdo es el más duro.

A las airadas Furias las siseo.
Toca, del pueblo es mi desgarradura,
Mi hambre es de paz que nunca saboreo.

Si la hormiga marcial de mi locura
Acarrea en pedazos tu grandeza,
Tu cincel artesano y tu figura,

Es que en dolor fundé mi fortaleza,
Y que al morder tus manos minerales
Descolmilló la muerte su fiereza.

Padre, por ti preguntan los metales,
Sus átomos convierten a tu pecho
Y a tu taller en campos de cereales.

¿Cavar este dolor? ¿Con qué derecho?
Si a heridas vamos, padre, yo te gano
(Y es terrible y campanas y te estrecho).

¡De aluminio serás este verano!
El cobre, augur de los metales, dice.
Y el acero, también, besa tu mano.

Mas deja que contigo yo agonice,
Que el latón, en harapos, me reclama
Por qué en sombra sin tregua me deshice.

Quita esa mano de estrujante llama,
Dolor dragado. Sal, mientras asciendo
A los frutos que pesan en la rama.

No te veré ya más, y lo comprendo,
Ernesto, padre, amigo y camarada,
Pero estarás conmigo cuando extiendo

Amoroso a mi pueblo la mirada.
Te contaré más tarde lo que pase,
Así te hable mi lengua cercenada.

Y si el topo del odio se deshace
Conocerás por qué y por quién conspiro,
Cuando el amor es todo lo que nace.

Se hace tarde. Mi corazón retiro:
Si en el camino lo dejé en pedazos
Lo vuelvo a recoger mientras respiro,
Que el tiempo espuma muerte en nuestros pasos.


6

Tumba. Bocaza de este miedo, pez de encierro,
Alambre hasta la muerte de madera
Verdosa, avinagrada, verdadera
Mazorca del dolor, pala de entierro.

Saca tu frente para darte un beso,
Padre, sencillo obrero,
Estoy igual como este sol de enero
Tristísimo de mayo, silábico de hueso.

¿Cómo has estado? Apúntame la fecha
De tu reciente nacimiento.
Tu casa ¿casa es grande? ¿No ha quedado estrecha
Tu alcoba de cemento?

En tu cama he dormido muchas veces,
Me he sentado en tu silla, he bebido en tu vaso,
He dicho "Ernesto, Ernesto", para que tú regreses,
Y he escuchado tu sombra paso a paso.

Viejo de hierro
Más joven que mi mano,
Más tierno que un cencerro
Que cuida un perdido rebaño,

Aquí te dejo, más cerca del corazón
Que del encuentro.
Llévate mi canción,
Aguárdame en la puerta mientras entro.


7

                           Esta vida que tú me dejaste, padre...                                        
                                      
Poema anónimo de Chiapas

—La vida que tú
Me dejaste, padre,
Es la yegua gris
Que monto. Me tira:
La monto; la monto:
Me tira. No importa.
(No sirve la espuela
Ni la brida. Dando
Tropezones ando,
Hasta que me duela).
Látigo silbante
Que nos desfigura:
Esta pena es dura
Y el vivir constante.

—Y esta vida que tú me dejaste,
Padre,
Es la yegua que también montaste.



De: Vivo, eso sucede



JUAN BAÑUELOS


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