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El loco
de William Ospina



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    La voz de William Ospina

    
    Editora del fonograma:
    H.J.C.K.

por William Ospina    
Colaboración: Álvaro Castaño Castillo, fundador y director de la emisora HJCK    
  

    
Colaboración: Álvaro Castaño Castillo, fundador y director de la emisora HJCK    
  


El loco


Fue en el cruce de Broadway con la 41, una noche de otoño, húmeda todavía, eran rojas las calles y eran grises los cielos y en el aire quedaban como restos del día. El neón, los comercios, las pantallas enormes, los rebaños de taxis amarillos y urgentes, el estruendo en el mundo y el silencio en las almas y la prisa en los pasos cansados de las gentes. Los blancos reflectores como faros perdidos trazaban en la niebla túneles de aventura, las ratas olfateaban las basuras heladas y las torres inmensas perforaban la altura. Una noche cualquiera de la ciudad, de aquellas en que todos se han ido y en que solo tú quedas por esquinas brumosas viendo cómo se elevan de las rejas del suelo las densas humaredas. Y hay ráfagas de hierba, grupos de vagabundos, policías solitarios, sirenas de bomberos, y algún solo y tardío tocador de trompeta deleitando a los últimos, callados, forasteros. Y entre las quejas de oro del trompetista vino como el caudal espeso de una voz inhumana, incesante, colérica, dulce, yerta de angustia, masculina, pastosa, desolada, lejana:

"Creen que Dios no los mira, que no habrá quién penetre en sus almas de topos y en sus actos bestiales, que tiemblen porque vienen ríos de plomo fundido, y nada tuerce puentes como los vendavales. Quieren que yo me calle, que no anuncie la ruina que va a morder los cuerpos como espigas el fuego, que no muestre a los cielos sus codicias inmundas y pase por su puerta como si fuera un ciego. Pero yo estuve en Roma y anuncié su caída y vinieron a oírme ángeles de ocho alas, yo vi nubes de azufre sobre las catedrales, y las estrellas negras y las estrellas malas. ¿Por qué han hecho esas torres que estorban a los astros? ¿Qué mira esa mujer por ventanas tan altas? La luna está durmiendo en su cama de mármol ¿por qué vas y la asedias, la asustas y la asaltas? Mundo desesperado que has perdido a tus Dioses, porque todo lo infamas, porque todo lo vendes; bajan ríos de cosas demenciales y absurdas y ahogan a los niños en sus cunas de duendes. Por estar contemplando sus pantallas magníficas estos ya no se miran los unos a los otros, mientras crece en las nubes el estruendo furioso de los cuatro jinetes sobre los cuatro potros.

Mundo estúpido y ciego que envenenas las fuentes, no cesan un instante tus espantosas fraguas; caen centrales atómicas en el lecho del Báltico, noche y día depravando las hondas, mansas, aguas. ¿Y qué si no el desastre quieren que les pregone? ¿Y qué si no catástrofes quieren que les prometa? Si aquí todos suponen que las selvas son suyas y que es para sus hambres una fruta el planeta. Vendrán peces monstruosos, habrá en el aire esponjas cargadas de materias deletéreas y hostiles y la ciencia arrogante forjará en sus bodegas pavorosos engendros de humanos y reptiles. Ni en la mente de Juan ni en la mano del Bosco cabrán los espectáculos que prepara el futuro:

bosques de carne, piedras de dolor, corrupciones, y silencios de púas, y cielos de cianuro. ú sirves maldiciones dócilmente en tu plato; llenas de rayos tristes tus cansados desvelos; que vengan ya los ángeles a apagar esta hoguera, que se alcen los mares y se abismen los cielos. Mientras Venecia cede en brazos de sus Dioses, que caiga Roma regia, que caiga Praga tétrica; Pierda Moscú su orgullo junto al mar pestilente, y Manhattan su altiva cordillera geométrica. Borre un viento de escombros el neón y la herrumbre, pase arrasando templos, silos, urbes y palmas, pues para que los Dioses se arruinen sobre el mundo, basta que hayan caído previamente en las almas".

El oscuro profeta prodigaba sus truenos, corriendo del futuro las nieblas y los velos, y subían con estruendo de arpas electrizadas los rectos rayos blancos entre los rascacielos. Y ardía en sus terrazas un rebaño de templos, pirámides de bronce y acrópolis doradas, y se perdía en la bruma de los puentes de Brooklyn el eco de las pobres palabras extraviadas. Peso de las verdades que pasan como sueños, desvelados demonios que no salvan ni matan, dejando aquel oráculo solo bajo los astros me alejé por las trémulas tinieblas de Manhattan.



De: ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?



WILLIAM OSPINA


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