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Leonardo Da Vinci
de Pedro Gandía

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    Este poema forma parte del acervo
    de la audiovideoteca de Palabra Virtual


    Palabra Virtual
    
    Editora del videograma:
    Palabra Virtual


por Pedro Gandía    
  


Leonardo Da Vinci


(1452-1519)


I

Juego de espejos rotos bajo el rumor del agua:
la clepsidra del río riza el oscuro sueño
de un infante en la cuna con un nibbio esplendente.

La justa galería de la pupila escruta,
insomne la materia que leve el aire eleva:
tránsito o espejismo de extravío adorable.

Si incandescente selva lo rodea y arroja
a un violento hades de codiciosos cuerpos,
la luz de su razón virginiza sus nombres
y libera sus sexos de la realidad.

Nacarados efebos tejen guirnaldas de astros
para la suave sien del desnudo del agua.
Nardo-león perfecto, hermoso Leonardo,
abandona a lo puro su ilimitado nombre.


II

Al fulgor engañoso del sueño de la mente,
impalpables desnudos de sirenas en rocas
le suplican, cantando con voces de muchacho,
que copie la ilusión de su huidiza gracia.
Pero él no da la vida sino por lo real.

Arquitecturas, órdenes, equilibrios de hielo:
afán de los instintos por contener sus flechas.
Brisa entre cardos. Furias subliman las pasiones.

Más allá de los cielos, el vacío refleja
tres distintas imágenes, en la mirada unidas,
que hacen legible su obra, transfigurando el sueño.


III

El deseo, que cae disciplinado y loco,
ensortija ese cuerpo donde el pincel perece,
desdoblando amplia forma del Cosmos para un vértice:
las ruinas de la espalda donde la luz copula
como un sol solo y viejo con el agua al ocaso.

En la bóveda incierta de los cielos, impide
un albatros de piedra lunar la fantasía.
El desierto perfume de la imagen que vuelve
oculta un cuerno áureo en un dorso ideal.

Flecos de sombra, humeantes promontorios, falenas.
Trazos de mares huyen sobre el papel; los vientos,
tal látigos sin orden; espumas, cataclismos
incontenibles. Surja del viejo mundo el nuevo.
El tiempo que destruye es aquel que conserva.

Adelante, adelante. No hay otra acción. Franquea
la muerte y, más allá de la séptima estancia
del ser, niños de luz salen a recibirlo.

  

De:  Columnata  1973 – 1974



PEDRO GANDÍA




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