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Blanca Orozco de Mateos

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Una ruta en las soledades (fragmento)
de Raúl Zurita

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    Este poema forma parte del acervo
    de la audiovideoteca de Palabra Virtual


    Presentación de la Antología de Premios Pablo Neruda 1987-2005
    
    Editora del videograma:
    La Belleza de No Pensar


por Raúl Zurita    
Colaboración: Ignacio Muñoz Cristi y Víctor Campbell Saffie
productores de La Belleza de No Pensar    
La Belleza de No Pensar en YouTube    
  


Una ruta en las soledades


Y poco a poco, como un océano que se encrespa, íbamos emergiendo sobre las llanuras y las llanuras parecían olas ondulando con el movimiento de nuestros cuerpos.



Sí, porque se encenderá el cielo y las cordilleras, los desiertos y las playas abrirán sus soledades y nuestros cuerpos rotos atravesarán su soledad, pisarán otra vez los pastos y parecerá un mar que se encrespa los movimientos de nuestros cuerpos pisando las llanuras.

Porque nuestros cadáveres revivirán. Sí, porque nuestros cuerpos revivirán, y el cielo encendido será un mar de pasto oyendo nuevamente nuestros pasos. Y se abrirá un mar en las soledades.

Y se trazará entonces una ruta en las soledades y como dos amantes que despiertan juntos nuestros ojos elevándose unirán de nuevo los horizontes con los glaciares, las cumbres con los abismos, las cuencas vacías con el océano y serán igual que ríos dándoles agua al desierto nuestras pupilas nuevas inundando las enmudecidas playas. Los Andes de crestas blancas se juntarán con el Pacífico, como olas para arriba se nos abrirán los duros párpados y como un mar subiendo en las soledades la tierra echará de su seno a los muertos.



Y el mar emergía de nuestros cuerpos muertos y el cielo abovedado de flores subía desde nuestros pómulos muertos, desde las torcidas piedras, desde la cara de nuestras caras muertas, y era el océano del cielo el sueño que nuestros ojos abriéndose nos subían. ¿Vives? ¿Tú vives? y como dos niños que nacen los labios volvían a movérsenos sobre las caídas bocas, sobre el cerco de los dientes, sobre las derrumbadas mejillas que se nos pegaban otra vez como todo el horizonte que se nos pegaba, así, empujándonos de nuevo el aire por las rosas gargantas.

Y entonces soplados como el júbilo, como todo el aliento sobre las encarnadas carnes, mi alegría subió con tu alegría y el júbilo de nuestros rostros ascendiendo encrespaba las llanuras y eran como botones florecidos las llanuras expulsándonos de los empapados cadáveres.



Y las montañas nuevas ocupando el lugar de los mares y los mares nuevos ocupando el lugar de las montañas subían y sus miembros subían igual que pastos sobre el arrebolado cielo. Y los renacidos brazos, los torsos, los arrebatadas piernas iban cubriendo los pastizales como nubes ondeando sobre la yerba. Y era el mar de Los Andes ascendiendo y eran las cumbres del Pacífico toda la luz que ascendía prendiendo las cordilleras y las cuencas vacías de sus ojos se iban para arriba y era el océano encendido sobre las montañas el que llenaba las cuencas de sus ojos.

Y saltando juntos, como mares y montañas que bailan, como cerros que bailan, nos oímos de pie y era el cielo infinito, de pie, aleteándonos con todas las cosas que suben, el día, el sueño, con todos los cuerpos que suben y suben estrujándosenos de amor vivo entre los brazos.



Así como las piedras hablan, así como la tierra habla, así yo te hablo. Y la ceguera de mis dedos hablándote recorren tu cráneo, tus narices, las fosas de tus ojos, y de bruces es el infinito del cielo el que habla levantándose desde las fosas agusanadas de tus ojos. Y como un paisaje de tierra levantándose con la tierra nuestros rostros se van alzando desde nuestros rostros muertos y entonces así, como las piedras hablan, como la tierra habla, yo te hablo cadáver de mí, amor de mí, huesos de mí, pequeña pupila redonda de todo el amor que sube y es el canto de los ojos de ti mirándome.

Y te veo!

Y mirándome, y ciegos mirándome, y ciegos como entero el cielo mirándome, miras desde arriba un país de desiertos y me ves. Y me ves subiendo, y me ves subiendo y subiendo y tus ojos ven mis ojos llenos de tierra subiendo, alados, agusanándose pero de luz en los cielos.



Y te miro de nuevo. Y sorprendidos igual que olas que vuelan amanecerán nuestros cuerpos y subiendo verás abajo un país de lagos y me verás. Y te miraré de nuevo y tú me verás de nuevo y los lagos orillados de pastos de tus ojos se cubrirán con mis ojos y como olas amaneciendo tendrán el color de la carne viva los grandes lagos elevándose en la amanecida. Y te veré de nuevo y tu carne me mirará de nuevo y mi carne viva pegándose a tu carne viva te verá de nuevo y será del color de todos los lagos al amanecer la sorprendida carne sintiéndonos.

Y te miraré de nuevo.

Y te sentiré de nuevo. Porque estas palabras no morirán como morimos nosotros y el vuelo de nuestras carnes prendiéndose se nos irá pegando como lagos pegados con el amanecer y las efímeras plumas que fuimos volverán al aire y serán olas de olas los aires y lagos de lagos los tú.



Y te amaré de nuevo. Y desde nuestras pupilas muertas se abrirán los cielos y los cielos abriéndose nos mostrarán para abajo las cordilleras y verás un país de volcanes ascender igual que un mar hasta los cráteres de tus ojos. Y me mirarás, y me mirarás de nuevo, y tus ojos mirándome verán la lava de los volcanes y los volcanes ascendiendo te tocarán las pupilas y los cráteres de mis pupilas volverán a tocar las tuyas. Y las carnes que fuimos nos cubrirán de nuevo como de lava viva las montañas porque se abrió un camino en las soledades y fue ven.

Y te amaré de nuevo.

Y te amaré de nuevo y te diré ven. Y tú me amarás de nuevo y me dirás ven. Y el cielo abriéndose nos dirá ven que igual que lavas rojas cubriendo las montañas nuestras carnes nos cubrirán de nuevo los nevados huesos de todo Los Andes y te amaré de nuevo y será ven.



Y serás tú de nuevo. Y yo sólo otro tú de ti. Y mis ojos de ti subiendo te mostrarán abajo un país de playas y las playas los huesos de ti que he sido, los dientes de ti que he sido, la cara asesinada y muerta de ti que he sido y que levantándose desde las cuencas vacías de tus ojos te mostró los huesos de mi cara transformándose poco a poco en la tuya. Y serás tú. Y las playas subiendo serás tú. Y el océano subiendo serás tú porque mi amor es tú y la muerte de mi amor es tú y es tú la playa muerta que recomienza mi vida subiendo hasta las playas resucitadas de tu vida.

Y serás tú. Y mucho más allá de ti seguirás siendo tú. Y ni tú misma podrías privarte de seguir siendo tú. Ni las playas en que morimos ni las canosas olas ni la muerte.

Y serás tú y de nuevo tú y el amor de nuestras cicatrizadas carnes subiendo se clavará en el cielo y el cielo sobre el Pacífico será la nueva cara de ti uniéndose con la tierra. Con la tierra de tú que eres y que seguirás siendo por los siglos de los siglos y las hoscas playas y las edades nuevas.



Y balbuceante el cielo se sorprenderá de tu llegada y las palabras del cielo sonarán en mis labios igual que gemidos entrecortándose. Y tus labios buscarán mis labios y buscándolos verás abajo un país de glaciares y témpanos y sobre él las sorprendidas huellas de una boca muerta que te habla. Y bajará el cielo y mi boca muerta sonará con los cielos y oirás entonces un horizonte de heladas y granizos y oyendo, y oyendo entonces todos los ventisqueros, todos los hielos, todos los glaciares, sentirás mi boca aún sin carne y serán como dos mellizos de nieve mis labios muertos hablándote.

Y mi boca muerta se alzará desde la nieve. Y los dientes de tu boca muerta bajarán por los hielos y serán un cielo entumido entonces nuestros renacidos labios llamándose.

Y como un horizonte resucitando en un nuevo horizonte nuestros asesinados labios comenzarán de nuevo a hablarse y mi boca te dirá: te mataron y ahora vives. Y como el cielo, como la nieve, como un país de témpanos que nace tu boca me dirá: estabas muerto y hoy estás vivo.



Y no moriremos. Y no volveremos a morir porque como quien se abre a un sueño miraste mis restos y viste un desmembrado país de archipiélagos y eran como archipiélagos abajo los restos de nuestros cuerpos. Y no moriremos de nuevo y los canales abriéndose entre los archipiélagos te mostrarán los cielos y los cielos el mar corroído de las estrellas y no volverán a vaciarse tus ojos como islas desmembradas cayendo sobre las aguas. Sí, porque no moriremos de nuevo y estas palabras pervivirán más que nuestra soledad, que el tiempo y que los procelosos sueños.

Porque tú no morirás mientras vivan estas palabras. Y si el ácido de los tiempos y las guerreras tormentas las derrumban, tú no morirás. Y no moriremos nuevamente.

Y buscándonos pedazo a pedazo, como un desmembrado país que volviera a juntarse, se encontrarán el cielo con las playas y las playas con los pastos y entonces, como un archipiélago nuevo que se encumbra llorando nuestros restos volverán a reunirse y no moriremos de nuevo. Ni estos canales ni estas islas ni estos fiordos.



Y se trazará una ruta en las soledades. Una nueva marea nos subirá sobre la tierra verde y saltando de júbilo las cumbres mirarán las llanuras y la muchedumbre de nuestros  cuerpos levantándose encrespará las llanuras igual que olas rizando el océano. Porque se dibujó un camino en las soledades y como un sueño que pasa moviendo los pastos emergieron meciéndose los infinitos pastos de nuestros brazos saludando el nuevo cielo. La playa nueva, el mar nuevo que se abría liberando las encerradas montañas y era la tierra sacando de sus ijares a los muertos.

Sacándonos los asesinados miembros, las piernas que se nos movían solas como si fuera el viento quien las llevara y como pastos, como un mar que ondula, nos levantamos desde nuestros cadáveres llorando y era el cielo y los aires y llorando.

Y nos besábamos las pupilas vacías y llorando. Porque se abrió una ruta en las soledades y los ojos vacíos se nos pegaban al cielo y yo te tocaba los cielos y tú los cielos de mí en nuestros ojos y entonces, en el país de volcanes y desiertos, de playas y hielos, de lagos y océanos, vimos nuestros cuerpos ondulando y eran otra vez las llanuras.



Isaías 11


Y eran de nuevo tus llanuras.



De: INRI



RAÚL ZURITA




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