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Nadie alcanzó jamás esta mañana...

Nadie alcanz jams esta maana
sin desgarrarse en ocres despedidas,
cada fortuna esconde sus heridas
y el silente pavor de una campana.

Uno concibe a Dios como velero
en cuyas tablas se erigen las ciudades.
Navego en paz y son mis soledades
esos pjaros que fijan el sendero?

Qu poco dura en casa mi alegra,
flotando entre el azar y la sequa,
agotada ficcin donde perduro.

La maana se rinde al medioda,
que desdibuja toda fantasa
cuando el reloj traiciona su conjuro.



De: La vasta lejana

Seleccionado por el autor


AGUSTÍN LABRADA AGUILERA




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