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El Cristo yacente de Santa Clara (Iglesia de la Cruz) de Palencia
de Miguel de Unamuno


    Editora del fonograma:
    La Palabra

en la voz de Fernando Fernn Gmez    


El Cristo yacente de Santa Clara (Iglesia de la Cruz) de Palencia



ste es aquel convento de franciscas,
de la antigua leyenda;
aqu es donde la Virgen toda cielo
hizo por largos aos de tornera,
cuando la pobre Margarita, loca,
de eterno amor sedienta,
lo iba a buscar donde el amor no vive,
en el seco destierro de esta tierra.
ste es aquel convento de las Claras,
las hijas de la dulce compaera
del Serafn de Ass que desde Italia
sembr estas flores en la Espaa nuestra,
blancos lirios del pramo sediento
que en aroma convirtennos la queja.

Las pobres en el claustro que un tenorio
deslumbr con la luz de la tragedia,
llevndose a la pobre Margarita,
con su sed de ser madre, la tornera,
mientras la dulce lmpara brillaba
que ante la Madre Virgen encendiera,
cunan, vrgenes madres, como a un nio,
al Cristo formidable de esta tierra.

Este Cristo, inmortal como la muerte,
no resucita; para qu?, no espera
sino la muerte misma.
De su boca entreabierta,
negra como el misterio indescifrable,
fluye hacia la nada,
a la que nunca llega,
disolvimiento.
Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Dormir, dormir, dormir..., es el descanso
de la fatiga eterna,
y del trabajo del vivir que mata
es la trgica siesta.
No la quietud de paz en el ensueo,
sino profunda inercia,
y cual doliente humanidad, en la sima
de sus entraas negras,
en silencio montones de gusanos
le verbenean.

Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto;
Cristo que, pues que duerme, nada espera.
Del polvo prehumano con que luego
nuestro Padre del cielo a Adn hiciera
se nos form este Cristo tras-humano,
sin ms cruz que la tierra;
de polvo eterno de antes de la vida
se hizo este Cristo,
tierra de despus de la muerte;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

No hay nada ms eterno que la muerte;
todo se acaba dice a nuestras penas;
no es ni sueo la vida;
todo no es ms que tierra;
todo no es sino nada, nada, nada...
y hedionda nada que al soarla apesta.
Es lo que dice el Cristo pesadilla;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Cierra los dulces ojos con que el otro
desnud el corazn a Magdalena,
y hacia dentro de s mirando, ciego,
ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadver, que como tal no piensa,
libre est del dolor del pensamiento,
de la congoja atroz que all en la huerta
del olivar al otro
con el alma colmada de tristeza
le hizo pedir al Padre que le ahorrara
el cliz de la pena.
Cuajarones de sangre
sus cabellos prenden,
cuajada sangre negra,
que en el Calvario le reg la carne
pero esa sangre no es ya sino tierra;
grumos de sangre del dolor del cuerpo,
grumos de sangre seca.
Ms del sudor de angustia
de la recia batalla del espritu,
de aquel sudor con que la seca tierra
reg, de aquellos densos goterones,
rastro alguno le queda.
Evaporse aquel sudor llevando
el dolor de pensar a las esferas
en que sufriendo el pobre pensamiento,
buscando a Dios sin encontrarlo, vuela.
Y cmo ha de dolerle el pensamiento
si es slo carne muerta,
mojama recostrada con la sangre,
cuajada sangre negra?
Ese dolor espritu no habita
en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que encarnara
en carne vividera;
este Cristo es la Gana, la real Gana,
que se ha enterrado en tierra;
la pura voluntad que se destruye
muriendo en la materia;
una escurraja de hombre trogloditico
con la desnuda voluntad que, ciega,
escapando a la vida,
se eterniza hecha tierra.

Este Cristo espaol que no ha vivido,
negro como el mantillo de la tierra,
yace cual la llanura,
horizontal, tendido,
sin alma y sin espera.
Con los ojos cerrados cara al cielo
avaro en lluvia y que los panes quema.
Y an con sus negros pies de garra de guila
querer parece aprisionar la tierra.

O es que Dios penitente acaso quiso
para purgar de culpa su conciencia
por haber hecho al hombre,
y con el hombre la maldad y la pena,
vestido de este andrajo miserable
gustar muerte terrena.

La piedad popular ve que las uas
y el cabello le medran,
de la vida lo crneo, lo duro, supersticiones secas,
lo que araa
y aquello de que se ase la segada cabeza.

La piedad maternal de aquellas pobres
hijas de Santa Clara
le cubriera con faldillas
de blanca seda y oro
las hediondas vergenzas,
aunque el zurrn de huesos y de podre
no es ni varn ni hembra;
que este Cristo espaol, sin sexo alguno,
ms all yace de esa diferencia
que es el trgico nudo de la historia,
pues este Cristo de mi tierra es tierra.

Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano.
Cristo todo materia,
Cristo rida carroa recostrada
con cuajarones de la sangre seca;
el cristo de mi pueblo es este Cristo:
carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra!

Y las pobres franciscas del convento
en que la Virgen Madre fue tornera
la Virgen toda cielo y toda vida,
sin pasar por la muerte al cielo vuelta
cunan la muerte del terrible Cristo
que no despertar sobre la tierra,
porque l, el Cristo de mi tierra,
es slo tierra, tierra, tierra, tierra...
carne que no palpita,
tierra, tierra, tierra, tierra...
cuajarones de sangre que no fluye,
tierra, tierra, tierra, tierra...

Y t, Cristo del cielo,
redmenos del Cristo de la tierra!



MIGUEL DE UNAMUNO


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