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El festn de Baltazar
de Alvaro Mutis


    Editora del fonograma:
    Sonosur S.A. de C.V.

en la voz de Alvaro Mutis    


El festn de Baltazar



En la sombra de las altas salas de casta piedra,
murmura an la bestia del banquete su rezo interminable.
Un quieto polvo reunido por los aos, apaga la msica
de los amargos cobres que anunciaron las ltimas palabras.
Descansa su dbil materia en el perfil de las bestias
detenidas en el amplio gesto del len que se debate
contra las duras lanzas del da, contra las aguas de la muerte.
Sus fauces dicen an de la violenta grandeza del pasado,
cuando los mulos de dura carne coceaban indefensos
en los patios interiores y los sirvientes salan
a contemplarlos en los intermedios obligados del festn.
En la vasta oquedad de los aposentos, un ruido seco y extendido
de madera con madera, de agua con holln en los vertederos del
puerto,
despierta los ciegos insectos y ondea las telaraas
como banderas en la niebla de una emboscada matutina.
Son sus pasos que perduran, el ruido de sus armas,
el crujir de sus giles huesos de guerrero,
el parpadeo febril de sus ojos,
su tacto seguro sobre las cosas cotidianas,
ese moverse suyo sobre la tierra, como quien llega
para dar una orden y parte de nuevo.
No le bastaron las violentas y espumosas torrenteras,
a donde iban a morir los peces contra las lisas piedras
marcadas con su paso de cinco hermosos dedos de hbil cazador.
No bastaron a su desordenada condicin de prncipe,
los bosques sombros en donde las hojas metlicas de los rboles
murmuraban la plegaria de un otoo inminente.
Nada hubo para el sosiego de su ira
como zarza que arde en ronco duelo.
Ni los continuos viajes al reino de las reposadas soberanas
cuyo sexo rega un balanceo intermitente y solar de las caderas,
ni menos an su peregrinacin por las playas expsitas,
anchas como la hoja del banano
y visitadas por un mar en extremo fro.
Ceniza diluida en los blancos manteles del alba .
Cuando el cansancio le cerr todos los caminos,
surgi la idea del banquete.
Las cosas sagradas acumularon su hasto
y prepararon el lecho de su ltimo da.
Lo de los vasos no tena importancia.
Otros antes que l los haban profanado
con intenciones an ms oscuras.
Ellos mismos, embrutecidos por la contemplacin
de su Dios cauteloso y artero,
haban, en ocasiones, pecado con los vasos,
haciendo rodar por el suelo los pesados candelabros del templo
y rasgado los grises velos del altar.
Tampoco la bulliciosa presencia de las rameras
fue la causa de la ira. Su pas era un pas de mujeres.
Fras a menudo y descuidadas de su placer,
pero en ocasiones viciosas y crueles, vidas e insaciables
como las rojizas arenas en viaje
que cubren ciudades y penetran largamente en el mar.
La ira vino por ms escondidos caminos,
por fuentes an ms secretas
que manaban de la soledad de su mandato,
como la herida que libera sus duelos
o como se oxida el metal de las quillas.
La fecha sealada se acercaba por entre semanas de sopor y
fastidio.
Das y das de creciente quietud y de notorio silencio,
precedieron al pausado desfile de los elegidos.
Una gran tristeza se hizo en el reino.
El plazo se acercaba y la tranquilidad del monarca
se extendi como un oscuro manto de lluvia tibia y menuda
que golpea en el seco polvo de la espera.
Cmo decir de este tiempo durante el cual se prepararon tantos
hechos?
Cmo compararlo en su curso, al parecer tan manso
y sin embargo cargado de tan arduas y terribles especies?
Tal vez a un cable que veloz se desenrolla dividiendo el hasto.
O, mejor, al sueo de caballos indmitos
que detiene la noche en mitad de su furia.
Las sombras en las paredes, humo sin alma de las antorchas,
huyeron con la llegada de los invitados.
Unos acudan con un ave en el hombro y perfil de moneda.
Otros, untuosos y con razones de especiosa prudencia.
Muchos con la gris sencillez del guerrero
y algunos, los menos, observaban desconfiados
sabiendo con certeza lo que ms tarde vendra,
pues llegaban de muy lejos y esto los haca agudos y sabios.
Del rojizo brillo de las armas
que amontonaron en un rincn del recinto, parti la orden.
Los humildes, los oscuros servidores,
contemplaban la tierra vagamente,
como si buscaran en su pasado
la hora del sosiego o la parda raz de su duelo.
Adentro, todos los hombres de pie, los soberbios invitados,
alzan el brazo y proclaman su presencia en altas voces.
Y as comenz el montono treno del festn.
As se inici el pesado oleaje de palabras y gestos
que marca el vino con la blanca seal de su paso,
con su corona de doble filo.
De lo dems, ya se sabe.
Es una antigua secuencia de trajinada memoria.
Despus de las tres palabras, cuando la mano que las haba
escrito
se disolvi en la sombra del techo de cedro,
el reino supo de su fin, de la consumacin de su gloria.
La gestin del desorden se hizo a la madrugada,
el cuerpo rgido esperaba en imponente extensin,
con los ojos fijos ya para siempre en la tranquila guarida
que buscara con tanto empeo.
Vidrios azules de la noche, astros en ruta.
Fija rueda sin dientes con la lisa huella del desastre.
Viento destronado del alba
que pasa sin tocar las ms altas copas de los rboles,
sin barrer las terrazas del mercado, sin sombra siquiera.
La mansa tierra de su reino apaciguado, sostiene sus despojos,
en espera del funeral de olvido que se prepara en el fondo de
sus ojos,
como la llegada de una nube antigua
nacida en medio del mar que mece el sol del medioda.



De: Los elementos del desastre



ALVARO MUTIS


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