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Yerma (II)
de Federico García Lorca


    Editora del fonograma:
    Odeón

en la voz de Nuria Esper, Enrique A. Diosdado y Aurora Bautista    


Yerma (II)



                              POEMA TRÁGICO EN TRES ACTOS Y SEIS CUADROS



ACTO SEGUNDO

CUADRO PRIMERO



(Canto a telón corrido. Torrente donde lavan las mujeres del pueblo. Las lavanderas están situadas en varios planos.)


Cantan:

      En el arroyo frío
      lavo tu cinta.
      Como un jazmín caliente
      tienes la risa.

LAVANDERA 1 A mí no me gusta hablar.

LAVANDERA 3 Pero aquí se habla.

LAVANDERA 4 Y no hay mal en ello.

LAVANDERA 5 La que quiera honra que la gane.

LAVANDERA 4

      Yo planté un tomillo,
      yo lo vi crecer.
      El que quiera honra,
      que se porte bien. (Ríen.)

LAVANDERA 5 Así se habla.

LAVANDERA 1 Pero es que nunca se sabe nada.

LAVANDERA 4 Lo cierto es que el marido se ha llevado vivir con ellos a sus dos hermanas.

LAVANDERA 5 ¿Las solteras?

LAVANDERA 4 Sí. Estaban encargadas de cuidar la iglesia y ahora cuidarán de su cuñada. Yo no podría vivir con ellas.

LAVANDERA 1 ¿Por qué?

LAVANDERA 4 Porque dan miedo. Son como esas hojas grandes que nacen de pronto sobre los sepulcros. Están untadas con cera. Son metidas hacia adentro. Se me figura que guisan su comida con el aceite de las lámparas.

LAVANDERA 3 ¿Y están ya en la casa?

LAVANDERA 4 Desde ayer. El marido sale otra vez a sus tierras.

LAVANDERA 1 ¿Pero se puede saber lo que ha ocurrido?

LAVANDERA 5 Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.

LAVANDERA 1 Pero, ¿por qué?

LAVANDERA 4 Le cuesta trabajo estar en su casa.

LAVANDERA 5 Estas machorras son así: cuando podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y andar descalzas por esos ríos.

LAVANDERA 1 ¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es por culpa suya.

LAVANDERA 4 Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado. (Ríen.)

LAVANDERA 3 Y se echan polvos de blancura y colorete y se prenden ramos de adelfa en busca de otro que no es su marido.

LAVANDERA 5 ¡No hay otra verdad!

LAVANDERA 1 Pero ¿vosotras la habéis visto con otro?

LAVANDERA 4 Nosotras no, pero las gentes sí.

LAVANDERA 1¡Siempre las gentes!

LAVANDERA 5 Dicen que en dos ocasiones.

LAVANDERA 2 ¿Y qué hacían?

LAVANDERA 4 Hablaban.

LAVANDERA 1 Hablar no es pecado.

LAVANDERA 4 Hay una cosa en el mundo que es la mirada. Mi madre lo decía. No es lo mismo una mujer mirando a unas rosas que una mujer mirando a los muslos de un hombre. Ella lo mira.

LAVANDERA 1 ¿Pero a quién?

LAVANDERA 4 A uno. ¿Lo oyes? Entérate tú. ¿Quieres que lo diga más alto? (Risas.) Y cuando no lo mira, porque está sola, porque no lo tiene delante, lo lleva retratado en los ojos.

LAVANDERA 1 ¡Eso es mentira! (Algazara.)

LAVANDERA 5 ¿Y el marido?

LAVANDERA 3 El marido está como sordo. Parado como un lagarto puesto al sol. (Ríen)

LAVANDERA 1 Todo esto se arreglaría si tuvieran criaturas.

LAVANDERA 2 Todo esto son cuestiones de gente que no tiene conformidad con su sino.

LAVANDERA 4 Cada hora que transcurre aumenta el infierno en aquella casa. Ella y las cuñadas, sin despegar los labios, blanquean todo el día las paredes, friegan los cobres, limpian con vaho los cristales, dan aceite a la solería. Pues, cuando más relumbra la vivienda, más arde por dentro.

LAVANDERA 1 Él tiene la culpa, él. Cuando un padre no da hijos debe cuidar de su mujer.

LAVANDERA 4 La culpa es de ella, que tiene por lengua un pedernal.

LAVANDERA 1 ¿Qué demonio se te ha metido entre los cabellos para que hables así?

LAVANDERA 4 ¿Y quién ha dado licencia a tu boca para que me des consejos?

LAVANDERA 5 ¡Callar!

LAVANDERA 1 Con una aguja de hacer calceta ensartaría yo las lenguas murmuradoras.

LAVANDERA 5 ¡Calla!

LAVANDERA 4 Y yo la tapa del pecho de las fingidas.

LAVANDERA 5 Silencio. ¿No ves que por ahí vienen las cuñadas?

      (Murmullos. Entran las dos cuñadas de Yerma. Van vestidas de luto. Se ponen a lavar en medio de un silencio. Se oyen esquilas.)

LAVANDERA 1 ¿Se van ya los zagales?

LAVANDERA 3 Sí, ahora salen todos los rebaños.

LAVANDERA 4 Me gusta el olor de las ovejas.

LAVANDERA 3 ¿Sí?

LAVANDERA 4 ¿Y por qué no? Olor de lo que una tiene. Cómo me gusta el olor del fango rojo que trae el río por el invierno.

LAVANDERA 3 Caprichos.

LAVANDERA 5 (Mirando.) Van juntos todos los rebaños.

LAVANDERA 4 Es una inundación de lana. Arramblan con todo. Si los trigos verdes tuvieran cabeza, temblarían de verlos venir.

LAVANDERA 3 ¡Mira como corren! ¡Qué manada de enemigos!

LAVANDERA 1 Ya salieron todos, no falta uno.

LAVANDERA 4 A ver..., no... sí, sí falta uno.

LAVANDERA 5 ¿Cuál?...

LAVANDERA 4 El de Víctor. (Las dos cuñadas se yerguen y miran.)

      En el arroyo frío
      lavo tu cinta.
      Como un jazmín caliente
      tienes la risa.
      Quiero vivir
      en la nevada chica
      de ese jazmín.

LAVANDERA 1

¡Ay de la casada seca!
¡Ay de la que tiene los pechos de arena!

LAVANDERA 5

      Dime si tu marido
      guarda semillas
      para que el agua cante
      por tu camisa.

LAVANDERA 4

      Es tu camisa
      nave de plata y viento
      por las orillas.

LAVANDERA 3

      Las ropas de mi niño
      vengo a lavar,
      para que tome al agua
      lecciones de cristal.

LAVANDERA 2

      Por el monte ya llega
      mi marido a comer.
      Él me trae una rosa
      y yo le doy tres.

LAVANDERA 5

      Por el llano ya vino
      mi marido a cenar.
      Las brasas que me entrega
      cubro con arrayán.

LAVANDERA 4

      Por el aire ya viene
      mi marido a dormir.
      Yo alhelíes rojos
      y él rojo alhelí.

LAVANDERA 3

Hay que juntar flor con flor
cuando el verano seca la sangre al segador.

LAVANDERA 4

Y abrir el vientre a pájaros sin sueño
cuando a la puerta llama temblando el invierno.

LAVANDERA 1

      Hay que gemir en la sábana.

LAVANDERA 4

      ¡Y hay que cantar!

LAVANDERA 5

      Cuando el hombre nos trae
      la corona y el pan.

LAVANDERA 4

Porque los brazos se enlazan.

LAVANDERA 5

Porque la luz se nos quiebra en la garganta.

LAVANDERA 4

Porque se endulza el tallo de las ramas.

LAVANDERA 5

Y las tiendas del viento cubran a las montañas.

LAVANDERA 6 (Apareciendo en lo alto del torrente.)

      Para que un niño funda
      yertos vidrios del alba.

LAVANDERA 4

      Y nuestro cuerpo tiene
      ramas furiosas de coral.

LAVANDERA 5

      Para que haya remeros
      en las aguas del mar.

LAVANDERA 1

      Un niño pequeño, un niño.

LAVANDERA 2

Y las palomas abren las alas y el pico.

LAVANDERA 3

      Un niño que gime, un hijo.

LAVANDERA 4

      Y los hombres avanzan
      como ciervos heridos.

LAVANDERA 5

¡Alegría, alegría, alegría
del vientre redondo bajo la camisa!

LAVANDERA 2

¡Alegría, alegría, alegría,
ombligo, cáliz tierno de maravilla!

LAVANDERA 1

¡Pero, ay de la casada seca!
¡Ay de la que tiene los pechos de arena!

LAVANDERA 4

      ¡Que relumbre!

LAVANDERA 5

      ¡Que corra!

LAVANDERA 4

      ¡Que vuelva a relumbrar!

LAVANDERA 3

      ¡Que cante!

LAVANDERA 2

      ¡Que se esconda!

LAVANDERA 3

      Y que vuelva a cantar.

LAVANDERA 6

      La aurora que mi niño
      lleva en el delantal.

LAVANDERA 4 (Cantan todas a coro.)

      En el arroyo frío
      lavo tu cinta.
      Como un jazmín caliente
      tienes la risa.
      ¡Ja, ja, ja!

(Mueven los paños con ritmo y los golpean.)



                                                     TELÓN.





CUADRO SEGUNDO


(Casa de Yerma. Atardecer. Juan está sentado. Las dos hermanas, de pie.)


JUAN ¿Dices que salió hace poco? (La hermana mayor contesta con la cabeza.) Debe estar en la fuente. Pero ya sabéis que me gusta que salga sola. (Pausa) Puedes poner la mesa. (Sale la hermana menor.) Bien ganado tengo el pan que como. (A su hermana.) Ayer pasé un día duro. Estuve podando los manzanos y a la caída de la tarde me puse a pensar para qué pondría yo tanta ilusión en la faena si no puedo llevarme una manzana a la boca. Estoy harto. (Se pasa la mano por la cara. Pausa.) Esa no viene... Una de vosotras debía salir con ella, porque para eso estáis aquí comiendo en mi mantel y bebiendo mi vino. Mi vida está en el campo, pero mi honra está aquí. Y mi honra es también la vuestra. (La hermana inclina la cabeza.) No lo tomes a mal.

      (Entra Yerma con dos cántaros. Queda parada en la puerta.)

¿Vienes de la fuente?

YERMA Para tener agua fresca en la comida. (Sale la otra hermana.) ¿Cómo están las tierras?

JUAN Ayer estuve podando los árboles. (Yerma deja los cántaros. Pausa.)

YERMA ¿Te quedarás?

JUAN He de cuidar el ganado. Tú sabes que esto es cosa del dueño.

YERMA Lo sé muy bien. No lo repitas.

JUAN Cada hombre tiene su vida.

YERMA Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que necesito. Tus hermanas me guardan bien. Pan tierno y requesón y cordero asado como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus ganados en el monte. Creo que puedes vivir en paz.

JUAN Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.

YERMA ¿Y tú no estás?

JUAN No estoy.

YERMA Desvía la intención.

JUAN ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?

YERMA Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas. Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no. Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, más reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.

JUAN Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para estar alerta!

YERMA Alerta ¿de qué? En nada te ofendo. Vivo sumisa a ti, y lo que sufro lo guardo pegado a mis carnes. Y cada día que pase será peor. Vamos a callarnos. Yo sabré llevar mi cruz como mejor pueda, pero no me preguntes nada. Si pudiera de pronto volverme vieja y tuviera la boca como una flor machacada, te podría sonreír y conllevar la vida contigo. Ahora, ahora, déjame con mis clavos.

JUAN Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada. Mando a los pueblos vecinos por las cosas que te gustan. Yo tengo mis defectos, pero quiero tener paz y sosiego contigo. Quiero dormir fuera y pensar que tú duermes también.

YERMA Pero yo no duermo, yo no puedo dormir.

JUAN ¿Es que te falta algo? Dime. (Pausa.) ¡Contesta!

YERMA (Con intención y mirando fijamente al marido.) Sí, me falta. (Pausa.)

JUAN Siempre lo mismo. Hace ya más de cinco años. Yo casi lo estoy olvidando.

YERMA Pero yo no soy tú. Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuido de la cría.

JUAN Todo el mundo no es igual. ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no me opongo.

YERMA No quiero cuidar hijos de otros. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos.

JUAN Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en meter la cabeza por una roca.

YERMA Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce.

JUAN Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso debes resignarte.

YERMA Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.

JUAN Entonces, ¿qué quieres hacer?

YERMA Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.

JUAN Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un hombre sin voluntad.

YERMA Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.

JUAN No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y cada persona en su casa.

      (Sale la Cuñada 1 lentamente y se acerca a una alacena.)

YERMA Hablar con la gente no es pecado.

JUAN Pero puede parecerlo.

      (Sale la otra hermana y se dirige a los cántaros, en los cuales llena una jarra.)

JUAN(Bajando la voz.) Yo no tengo fuerzas para estas cosas. Cuando te den conversación, cierras la boca y piensas que eres una mujer casada.

YERMA (Con asombro.) ¡Casada!

JUAN Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre todos. (Sale la hermana con la jarra, lentamente.) Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre. (Sale la otra hermana con una fuente, de modo casi procesional. Pausa.) Perdóname. (Yerma mira a su marido; éste levanta la cabeza y se tropieza con la mirada.) Aunque me miras de un modo que no debía decirte perdóname, sino obligarte, encerrarte, porque para eso soy el marido.

      (Aparecen las dos hermanas en la puerta.)

YERMA Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión. (Pausa)

JUAN Vamos a comer. (Entran las hermanas. Pausa.) ¿Me has oído?

YERMA (Dulce.) Come tú con tus hermanas. Yo no tengo hambre todavía.

JUAN Lo que quieras. (Entra.)

YERMA (Como soñando.)

¡Ay, qué prado de pena!
¡Ay, qué puerta cerrada a la hermosura!,
que pido un hijo que sufrir y el aire
me ofrece dalias de dormida luna.
Estos dos manantiales que yo tengo
de leche tibia, son en la espesura
de mi carne, dos pulsos de caballo,
que hacen latir la rama de mi angustia.
¡Ay, pechos ciegos bajo mi vestido!
¡Ay, palomas sin ojos ni blancura!
¡Ay, qué dolor de sangre prisionera
me está clavando avispas en la nuca!
Pero tú has de venir, amor, mi niño,
porque el agua da sal, la tierra fruta,
y nuestro vientre guarda tiernos hijos
como la nube lleva dulce lluvia.

      (Mira hacia la puerta)

¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?

MARÍA (Entra con un niño en brazos.) Cuando voy con el niño, lo hago... ¡Como siempre lloras!...

YERMA Tienes razón. (Coge al niño y se sienta.)

MARÍA Me da tristeza que tengas envidia.

YERMA No es envidia lo que tengo; es pobreza.

MARÍA No te quejes.

YERMA ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y hasta mala!, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios.

      ( María hace un gesto como para tomar al niño.)

YERMA Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA ¿Por qué me dices eso?

YERMA (Se levanta.) Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

MARÍA No me gusta lo que dices.

YERMA Las mujeres, cuando tenéis hijos, no podéis pensar en las que no los tenemos. Os quedáis frescas, ignorantes, como el que nada en agua dulce no tiene idea de la sed.

MARÍA No te quiero decir lo que te digo siempre.

YERMA Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.

MARÍA Mala cosa.

YERMA Acabaré creyendo que yo misma soy mi hijo. Muchas noches bajo yo a echar la comida a los bueyes, que antes no lo hacía, porque ninguna mujer lo hace, y cuando paso por lo oscuro del cobertizo mis pasos me suenan a pasos de hombre.

MARÍA Cada criatura tiene su razón.

YERMA A pesar de todo, sigue queriéndome. ¡Ya ves cómo vivo!

MARÍA ¿Y tus cuñadas?

YERMA Muerta me vea y sin mortaja, si alguna vez les dirijo la conversación.

MARÍA ¿Y tu marido?

YERMA Son tres contra mí.

MARÍA ¿Qué piensan?

YERMA Figuraciones. De gente que no tiene la conciencia tranquila. Creen que me puede gustar otro hombre y no saben que, aunque me gustara, lo primero de mi casta es la honradez. Son piedras delante de mí. Pero ellos no saben que yo, si quiero, puedo ser agua de arroyo que las lleve.

      (Una hermana entra y sale llevando un pan.)

MARÍA De todas maneras, creo que tu marido te sigue queriendo.

YERMA Mi marido me da pan y casa.

MARÍA ¡Qué trabajos estás pasando, qué trabajos, pero acuérdate de las llagas de Nuestro Señor! (Están en la puerta.)

YERMA (Mirando al niño.) Ya ha despertado.

MARÍA Dentro de poco empezará a cantar.

YERMA Los mismos ojos que tú, ¿lo sabías? ¿Los has visto? (Llorando.) ¡Tiene los mismos ojos que tú!

      (Yerma empuja suavemente a María y ésta sale silenciosa. Yerma se dirige a la puerta por donde entró su marido.)

MUCHACHA 2 ¡Chisss!

YERMA (Volviéndose.) ¿Qué?

MUCHACHA 2 Esperé a que saliera. Mi madre te está aguardando.

YERMA ¿Está sola?

MUCHACHA 2 Con dos vecinas.

YERMA Dile que espere un poco.

MUCHACHA 2 ¿Pero vas a ir? ¿No te da miedo?

YERMA Voy a ir.

MUCHACHA 2 ¡Allá tú!

YERMA ¡Que me esperen aunque sea tarde! (Entra Víctor.)

VÍCTOR ¿Está Juan?

YERMA Sí.

MUCHACHA 2 (Cómplice.) Entonces, luego, yo traeré la blusa.

YERMA Cuando quieras. (Sale la muchacha.) Siéntate.

VÍCTOR Estoy bien así.

YERMA (Llamando al marido.) ¡Juan!

VÍCTOR Vengo a despedirme. (Se estremece ligeramente, pero vuelve a su serenidad.)

YERMA¿Te vas con tus hermanos?

VÍCTOR Así lo quiere mi padre.

YERMA Ya debe estar viejo.

VÍCTOR Sí, muy viejo. (Pausa.)

YERMA Haces bien en cambiar de campos.

VÍCTOR Todos los campos son iguales.

YERMA No. Yo me iría muy lejos.

VÍCTOR Es todo lo mismo. Las mismas ovejas tienen la misma lana.

YERMA Para los hombres, sí, pero las mujeres somos otra cosa. Nunca oí decir a un hombre comiendo: ¡Qué buena son estas manzanas! Vais a lo vuestro sin reparar en las delicadezas. De mí sé decir que he aborrecido el agua de estos pozos.

VÍCTOR Puede ser. (La escena está en una suave penumbra.)

YERMA Víctor.

VÍCTOR Dime.

YERMA ¿Por qué te vas? Aquí las gentes te quieren.

VÍCTOR Yo me porté bien. (Pausa.)

YERMA Te portaste bien. Siendo zagalón me llevaste una vez en brazos; ¿no recuerdas? Nunca se sabe lo que va a pasar.

VÍCTOR Todo cambia.

YERMA Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye.

VÍCTOR Así es.

(Aparece la Hermana 2 y se dirige lentamente hacia la puerta, donde se queda fija, iluminada por la última luz de la tarde.)

YERMA Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.

VÍCTOR No se adelantaría nada. La acequia por su sitio, el rebaño en el redil, la luna en el cielo y el hombre con su arado.

YERMA ¡Qué pena más grande no poder sentir las enseñanzas de los viejos! (Se oye el sonido largo y melancólico de las caracolas de los pastores.)

VÍCTOR Los rebaños.

JUAN (Sale.) ¿Vas ya de camino?

VÍCTOR Y quiero pasar el puerto antes del amanecer.

JUAN ¿Llevas alguna queja de mí?

VÍCTOR No. Fuiste buen pagador.

JUAN (A Yerma.) Le compré los rebaños.

YERMA ¿Sí?

VÍCTOR . (A Yerma) Tuyos son.

YERMA No lo sabía.

JUAN (Satisfecho.) Así es.

VÍCTOR Tu marido ha de ver su hacienda colmada.

YERMA El fruto viene a las manos del trabajador que lo busca. (La hermana que está en la puerta entra dentro.)

JUAN Ya no tenemos sitio donde meter tantas ovejas.

YERMA (Sombría.) La tierra es grande. (Pausa.)

JUAN Iremos juntos hasta el arroyo.

VÍCTOR Deseo la mayor felicidad para esta casa. (Le da la mano a Yerma)

YERMA ¡Dios te oiga! ¡Salud!

      ( Víctor le da salida y, a un movimiento imperceptible de Yerma, se vuelve.)

VÍCTOR ¿Decías algo?

YERMA (Dramática.) Salud dije.

VÍCTOR Gracias. (Salen. Yerma queda angustiada mirándose la mano que ha dado a Víctor. Yerma se dirige rápidamente hacia la izquierda y toma un mantón.)

MUCHACHA 2 Vamos. (En silencio, tapándole la cabeza.)

YERMA Vamos. (Salen sigilosamente.)

      (La escena está casi a oscuras. Sale la Hermana Primera con un velón que no debe dar al teatro luz ninguna, sino la natural que lleva. Se dirige al fin de la escena buscando a Yerma. Suenan los caracoles de los rebaños.)

CUÑADA 1 (En voz baja.) ¡Yerma!

(Sale la Hermana Segunda, se miran las dos y se dirige a la puerta.)

CUÑADA 2 (Más alto.) ¡Yerma!

CUÑADA 1 (Dirigiéndose a la puerta también y con una imperiosa voz.) ¡Yerma!

(Se oyen las caracolas y los cuernos de lo pastores. La escena está oscurísima.)



                                                     TELÓN.



FEDERICO GARCÍA LORCA


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