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Sobre el promontorio, la casa era un cascarn... (fragmento)
de Marosa Di Giorgio


    Los pjaros ocultos. Artistas de la ocultura uruguaya.

    Editora del videograma:
    Tremendo Films

por Marosa Di Giorgio    
Colaboracin: Juan Pablo Pedemonte    
Sitio web de Los pjaros ocultos    


Sobre el promontorio, la casa era un cascarn...


Sobre el promontorio, la casa era un cascarn macabro. Tuve miedo. La fiebre me haca delirar un poco. Me asom a la ventana. La medianoche tena luna. Una alta luna, entera y sombra.

Los magnolios se ilusionaban y queran estallar sus pimpollos como balas blancas. Pero, no era tiempo an. Huan los cipreses. La luna vibraba en los cipreses. (Y yo haba visto enrojecerse el bosque en el crepsculo, enrojecerse, y lo haba dado por calcinado). Y vena olor a glicinas tambin, un triste olor a glicinas; haba glicinas. (Yo las haba visto en el crepsculo, prendidas en su fuego lila, funerario).

La fiebre me golpeaba las sienes. Sal. La jaura estaba adormida y no me oy. Iba descalza. La jaura no me oy. Un agua finsima, finsima, escintilaba el pasto. En las rocas, las escarpadas rocas, innmeras, oscuras, estaban sentadas, quietas, las mujeres de la medianoche. Las magdalenas y las vernicas de la medianoche. Largas, finas, inclinadas, rezaban o esperaban, vestidas de interminables cabelleras. Me acerqu a una: Magdalena, Vernica, (un nombre as).

Y baj. Segu bajando. Al estanque. La luna, sombra, caa de lleno sobre el agua. Junto a las espadaas, se amontonan estremecidas, oscuras, granantes, las ocas. Me detuve. Vi la luna queriendo sostenerse a toda costa en la punta de un ciprs. Pero, el ciprs vibr y la sacudi.

Y ella tuvo que descender, borroneada disimulada entre los magnolios. Despus, record al guardabosque.

Entonces, empec a caminar hacia el sur; camin entre los rboles del sur.

Buscaba al guardabosque.

Lo hall en un claro, sobre una roca, inmvil. Le cobre. Haba encendido un gran fuego. Yo le dije: Tuve miedo en la casona. Pero, l estaba cobrizo, dormido. El fuego pareci un faisn intentando el vuelo. Despus, una cesta de mariposas que no se atrevieran del todo a volar. Yo me acerqu al hombre y le dije de nuevo: Tena miedo en la casona.

Pero l no me oy.

El fuego daba un suave perfume amargo. Habra quemado ciprs. El fuego era una canasta de mariposas. Yo tom una astilla y saqu una mariposa colorada. La puse sobre el hombre. Saqu una mariposa verde y la pos sobre el hombre. Y luego, otra mariposa colorada. Las mariposas revolotearon y proliferaron. l dio un grito, largo, aullado, negro. Un grito como un ciprs. Pero, la boca se le llen de mariposas. Y el grito se le llen de mariposas. Y hasta el alma se le llen de mariposas. Yo me re; y me alej riendo y termin en el bosque una larga carcajada. Busqu la luna entre los rboles; pero, no estaba. Vino un viento leve, claro. Y los magnolios tuvieron el tiempo de estallar sus balas blancas. Vibraban los cipreses.

Vino un viento, claro, verde, y deshizo los rboles, que se reconstruyeron enseguida.

Sent que se enfriaban mis sienes.

Mir hacia las rocas. Ya no haba nadie. Me acerqu al estanque. Las espadaas tenan ya, sus azucenas volanderas, sus azucenas oscuras como copas de vino. Las ocas volaron de entre las espadaas, rojas y rosadas. Volaban las ocas, ya rojas y rosadas.

Rode el estanque. Me alej un trecho.

Un revuelo y un resilbo me volvieron.

Haba bajado la cierva. Haba bajado la cierva al estanque, a beber. La fina cierva, manchada, con su lustrosa cornamenta.

La jaura huy, huy, hacia el este, loma arriba, hua hacia el este, las suaves lomas arriba, en una fuga desesperante y bella. Los perros se iban quedando, derrotados.

La cierva lleg a lo alto. Y se par, repentinamente. Deslumbrada. Estaba saliendo el sol.


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MAROSA DI GIORGIO


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