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Delia del Carril

la de los ojos boquiabiertos

Por Jorge Carrol

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Una invitación de Pablo Neruda, para despedir el año viejo y recibir el nuevo, en Isla Negra.


A comienzos de los años 50, en mi primer y ya tan lejano viaje a Santiago de Chile, conocí a Delia del Carril en su santuario-atelier de Los Guindos, rodeada de bellos y extraños grabados, y del cariño de sus muchos amigos, algunos de los cuales como lo recuerda Volodia Teitelboim, tomaron partido cuando después de su divorcio con Pablo Neruda (de la que fue su segunda esposa), el cual dividió de alguna manera en dos, la vida del poeta.

Delia, La Hormiga como cariñosamente la llamaban sus amigos de toda su centenaria vida, era hermana de la bella Adelina, viuda de Ricardo Güiraldes, el inolvidable autor de Don Segundo Sombra, y reinó durante los difíciles años 30 y 40, en el corazón y en los poemas del chileno.

Apoyada en una mesa me recibió quizá porque sabía que era portador de una carta que le enviaba Oliverio Girondo, y de un fraternal saludo de Raúl González Tuñón. No fue una conversación fácil y acaso tampoco fue lo cordial que yo esperaba. Sin embargo, las defensas cayeron cuando le comenté que formaba parte de un grupo de jóvenes poetas que editábamos Poesía Buenos Aires y le obsequié un ejemplar, creo del Nº 3, donde reproducíamos el Prólogo de Temblor de Cielo, de Vicente Huidobro.

Vicente era un sol. Grandísimo poeta y buen amigo, en las buenas y en las malas.

Y sin más, me invitó a una reunión a la que asistirían Margarita Aguirre biógrafa de Neruda- y su esposo, Rodolfo Aráoz Alfaro, con quienes precisamente en esa reunión recordamos a Oliverio y a Norah Lange, a Alfredo Varela y fundamentalmente me hablaron largo y tendido de Louis Aragon, Paul Éluard y Elsa Triolet.

Elsa es una compañera, excepcional.
recuerdo que dijo en algún momento Delia y agregó algo así:

Nos ayudó mucho en París durante los años difíciles.

Supuse entonces que Delia del Carril tenía por lo menos unos quince años más que Neruda y que no le perdonaba a éste, su miserable engaño con Matilde Urrutia. Y esta situación flotaba como un gran cisma literario-amoroso en Santiago de Chile, conocedor de que ella durante las dos largas décadas que vivió con el poeta de Residencia en la tierra, había abandonado la pintura para sostener y lanzar al mundo al Pablo Neruda que todos creemos conocer. Cuando tuve la dicha de conocer a Delia, ya había vuelto a sus bellos e inmensos caballos descoyunturados.

Recuerdo y no sé por qué, la luz de su taller instalado en lo que alguna vez fue el comedor del matrimonio entonces inexistente. Por las amplias vidrieras entraba esa luz y también se veía el parque.

Recuerdo su delicada y encantadora conversación, y cómo estaba al tanto de todo, especialmente en política, donde sin la menor duda, fue más consecuente que Neruda.

Recuerdo sus nostálgicos y divertidos recuerdos de Huidobro:

Era un tipo de clase, che. Elegante. Culto. Un huevón encantador.

También y por qué no, la recuerdo como la última vez que la vi en el jardín de Los Guindos, navegando en su silla de ruedas, las mismas nieblas de la arteriosclerosis de mi madre, creyendo que en cualquier momento Pablo regresaría. Ella tenía quizá cien años y hacía veinte que el poeta había marchado para siempre. Por esos días se conmemoraban en Chile los ochenta años del natalicio de Pablo Neruda.

Y de igual manera que el poeta vivirá mientras dure su poesía: la fundamental, la que escribió viviendo y compartiendo las alegrías y las tristezas de la vida junto a Delia del Carril; La hormiga vivirá entre muchísimas imágenes del mejor e inolvidable Neruda, y a caballo de sus animales gigantes y desorbitados.

Delia del Carril se hizo toda ausencia olvidando inclusive su infancia en San Juan, de la que ya había olvidado ex profeso, la inscripción del escudo de armas de la aristocrática familia del Carril: Surco de mi arado. Oro cosechado.

Delia del Carril no se esfumará de mi memoriabierta, quizá porque siempre la recordaré como la definió el pastor-poeta de Orihuela, Miguel Hernández:

La de los ojos boquiabiertos.


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Homenaje a Federico García Lorca en el P.E.N. Club, en Buenos Aires. Sentados al centro: Federico, Juan Pablo Echagüe y Neruda. Detrás de Echagüe, Alfonsina Storni. Escondida al fondo, Delia del Carril.

 

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