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Francisco José Madariaga

la mágica tierra de Coco

Por Jorge Carrol

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Francisco José Madariaga. Buenos Aires, en los 70s.


Llegó una noche de septiembre como una aparición de terciopelo, con la verdad de la pureza y la misión de imponer, secretamente, una presencia invisible como el oxígeno.

Así comenzaba Julio Llinás, su tributo al poeta Madariaga y por el cual asumí su partida hacia los esteros de la memoriabierta. Julio conmovido por la partida de nuestro común amigo, como hombre de a caballo entre la poesía y la narración, me mandó ese e-mail que me obligó entonces a no escribir nada sobre Madariaga, después de tan hermoso tributo:

Entre lagunas y palmares, siempre al costado de las ciudades inmensas, de las inmensas ruindades y traiciones, del oportunismo de las antesalas y de esa retórica de niños cantores, amarga como la baba del sapo, llegó para imponer una poesía verdadera y honda, enraizada en su sangre y en el más bello paisaje del hombre: la memoria.

Así se fue tornando irremplazable Don Francisco, en su comunión con la tierra y su jardín de imágenes, en su devoción por la amistad, en su emoción altiva de gran criollo. Irremplazable no tan sólo para sus amigos, sus lectores, sus mulatas, sino también para el paisaje de esteros y palmeras, de viejos gauchos y caballos celestes, que sin él no son los mismos, no dan la misma luz.

Fabricante de espejos, como todo auténtico poeta, nos brinda ahora una gama de retratos cuyo modelo es él mismo, no ya el que vemos circunspecto bebiendo una ginebra o ensillando una canoa, sino el sí mismo más hondo que pueda ser un hombre en su adoración de la vida en libertad, ya se trate de el vagabundo, el viajero, el estudiante, el joven de provincia, el aventurero, el jinete, el pasajero, el tropero, el rastreador o el frecuentador de fondas rosadas o amarillas.

Porque no hay mayor libertad que la de vivir en la alabanza del Gran Dios Natural, en su verdad de manantial, en su repudio del cosmético social.

Don Francisco: este Don Julio que hoy le habla, ha querido obsequiarle, a su vez, este retrato desmañado. Ya está zumbando en el aire el lazo de la gran edad. Montemos a caballo, hermano. Usted su tordillo negro, yo mi gateado.

Un crepúsculo de oro nos aguarda.


Para mí Francisco era ese recuerdo de Julio, pero también era otro, uno que se quedó con su rostro de aquel Coco Madariaga que llegaba con sus feroces tigres de palabras al café Florida, se sentaba en nuestra mesa y respetuosamente hojeaba los libros que con tanto sacrificio comprábamos en lo de Gategno, aquella librería Galatea de la calle Viamonte donde se daban cita aproximadamente cada quince días, los últimos títulos publicados en París, por Gallimard.

Coco era por aquellos dorados años, una suerte de nuevo Horacio Quiroga porque nos hablaba de Corrientes, donde los yacarés saludaban todas las mañanas al sol. Sin embargo, Coco era tan porteño como Llinás o como yo, sólo que había nacido en 1927. Coco solía levantarse como una sombra con sus libros bajo el brazo o quizás con algún viejo ejemplar de Caballo de fuego o de Contemporánea o de Espiga, las revistas en la que había publicado o posiblemente uno recién impreso de A partir de cero. Coco escribía entonces como si hablara de sí mismo:

con un don infernal de encanto y de sonido
lloras entre los hombres tu desacuerdo con el lenguaje


Auténtico y plural Coco con los años nos iba obsequiando su fantástico submundo que encerraba en libros que bautizó: El pequeño patíbulo (1954), Las jaulas del sol (1960), El delito natal (1963), Los terrores de la suerte (1967), El asaltante veraniego (1968) y Tembladerales de oro (1973).

Siempre creí que Coco fue surrealista a pesar de los surrealistas con que solía compartir aquellas tardes emblemáticas de finales de los años 50 y comienzo de los 60. Sus viajes hacia Corrientes eran para mí como expediciones mágicas y así queda el poeta en mi memoriabierta, tomando mate sentado bajo una parra de uva chiche, recordando anécdotas de Olivero Girondo o de cómo le estaba yendo a Aldo Pellegrini en Chile.

La vida fue para Coco más allá de sus palabras mágicas, un pequeño patíbulo en las puertas de las jaulas del sol:

Los viajes reales

          Sólo los amores podían reclinarme sobre su propio
            arpegio real de inocencia y de incendio.

          Los fuegos de las graciosas tristísimas cuyo rostro se
            enciende y se apaga a la entrada de los túneles
            con puertas de manzanos.


Amigos peligrosos

          ¿Y cómo no adoráis a esos hombrecitos que
            enloquecen de andrajos al final de sus años?
          Demonios de los cristales, con la baba celeste
            de la demencia en el cerebro.
          Kleist, Hölderin, sentaos mis amigos al borde del
            color de verano sonriente de mi cama, en mi
            habitación de luz color de ojos de can colérico
            al borde del pantano.
          Mi habitación con perfume de la luz.


Coco Madariaga se quedó para mí en una conversación que mantuve con María Meleck Vivanco en su departamento frente a la estación ferroviaria de Ramos Mejía. Coco estaba aquella tarde de junio (2000) muy mal, tan mal que cobardemente no me atreví a verlo, prefiero recordarlo acompañándome a tomar un trago en el Bohemian Club, que por entonces casi a la entrada de la Galería Güemes, al lado de la librería Concentra, era el lugar donde un muy joven Lalo Schiffrin, abría la noche con su piano tocando How high the moom.


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Portada de la Antología Surrealista, de Aldo Pellegrini, publicada en Buenos Aires por Fabril Financiera y donde Francisco Madariaga es figura fundamental.

 

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